Lo que está ocurriendo en el País Vasco —y que se replica en Cataluña, Galicia y Baleares— ya no es un modelo educativo: es una fábrica de sumisión cultural. Una maquinaria diseñada para moldear generaciones enteras, para controlar su identidad, para impedir que miren más allá de la frontera autonómica. La lengua, que debería ser cultura, se ha convertido en arma política, en filtro ideológico, en mecanismo de castigo.
Una fábrica de sumisión cultural
Los ceros masivos en el examen de euskera de la PAU 2026 son la prueba definitiva. Decenas de estudiantes, muchos con títulos oficiales de B2 y C1, fueron borrados académicamente con un cero que ni la propia Universidad del País Vasco ha podido justificar. La justicia ha intervenido porque el proceso fue tan irregular que ya no se puede ocultar: alguien decidió que esos jóvenes debían ser castigados.
Un cero no es una nota. Un cero es una ejecución académica. Un cero es una advertencia política.
El sistema no educa: depura y selecciona
Los hechos son contundentes:
- Los ceros se concentran en alumnos del modelo A, donde el castellano es la lengua vehicular.
- Los correctores conocían el centro de procedencia, abriendo la puerta a depuración ideológica.
- Los tribunales han obligado a suspender los ceros por irregularidades que comprometen la credibilidad de la universidad.
Esto no es un fallo. Esto es un mecanismo de control. Esto es ingeniería identitaria aplicada sobre menores.
Profesores de vocación que ya no pueden callar
Los testimonios recogidos en prensa son devastadores: profesores que recomiendan a sus alumnos huir de la autonomía si quieren estudiar sin ser castigados. Cuando un docente honesto aconseja a un joven que abandone su tierra para poder tener futuro, significa que el sistema ha dejado de ser educativo y ha pasado a ser represivo.
La lengua convertida en frontera, una fábrica de sumisión cultural
Las autonomías han creado un ecosistema perverso: La lengua propia es obligatoria para vivir dentro… pero inútil para prosperar fuera. El resultado es una generación encerrada, limitada, marginada. Una generación que, para poder avanzar, debe abandonar su hogar.
La diversidad lingüística debería ser riqueza. Pero cuando se impone, cuando se usa como arma, cuando se convierte en requisito excluyente, deja de ser cultura y se transforma en frontera, en trinchera, en cadena.
La denuncia que ya no puede esperar
Lo que está ocurriendo es un crimen cultural. Un ataque directo a la libertad académica. Una marginación institucionalizada contra quienes hablan la lengua común de todos. Una maquinaria que fabrica obediencia, que castiga la disidencia lingüística, que utiliza la educación como herramienta de control político.
Denunciarlo no es incendiario.
Incendiario es permitir que esta maquinaria siga funcionando.
Fuentes:




