Julio César tenía la virtud de la brevedad. Tres palabras para describir una campaña militar. María Jesús Montero ha necesitado más, bastantes más, pero el resultado final promete ser igual de lacónico. Solo que en la versión andaluza del relato el orden de los factores altera el producto y la última de las tres palabras cambia de manera significativa.
Cuando Montero se presentó en la sede del PSOE andaluz en Sevilla para anunciar su candidatura a la presidencia de la Junta, hizo algo que César nunca hizo: habló de sí misma en tercera persona antes de haber ganado nada. César lo hacía en las Guerras Gálicas porque era el convencional literario de la época y también porque había conquistado efectivamente la Galia. Montero lo hizo en un mitin de presentación, ante un partido que la recibía con la resignación del enfermo al que le anuncian una segunda operación, porque nadie ha corregido nunca a María Jesús Montero y ya nadie va a empezar.
«Una persona que tiene grandes responsabilidades, que probablemente ha sido la mujer, sin duda, con más poder del conjunto de la democracia, decida venir a Andalucía.» Así habló de sí misma. En tercera persona, como César, como Belén Esteban, como Aída Nízar. El matiz es que César venía de ganar, y Montero venía de Madrid. Que no es lo mismo aunque en Ferraz lo parezca.
El mensaje implícito era inequívoco: la mujer más poderosa de la democracia española se ha dignado abandonar sus cargos privilegiados para descender por Despeñaperros y rescatar a los pobres andaluces de sí mismos. Una obra de misericordia. Una condescendencia de altura. Ana Rosa Quintana lo resumió con precisión quirúrgica: «La mujer más poderosa de la democracia dice que se rebaja a ser candidata en Andalucía.» Los andaluces, esos rústicos del sur que llevan esperando a su salvadora desde que el PSOE perdió la Junta en 2018, deberían estar agradecidos. Tan agradecidos que, según todas las encuestas disponibles sin excepción, piensan expresar ese agradecimiento hundiéndola en las urnas el 17 de mayo.
Porque los datos son los que son, y los datos no leen los discursos de presentación de María Jesús Montero. El CENTRA, el CIS andaluz, Sociométrica, Target Point, Sigma Dos, NC Report, GAD3 — el consenso demoscópico que raramente existe en la vida política española se ha producido aquí con una unanimidad que roza lo estadísticamente obsceno. El PSOE-A obtendrá entre 23 y 29 escaños según el sondeo más optimista para los socialistas, frente a los 30 que ya supusieron el mínimo histórico en 2022. El peor resultado de la historia del partido en Andalucía, en la comunidad que fue durante cuarenta años su granero de votos, su feudo, su coartada permanente cuando todo lo demás fallaba.
Y hay un dato que no aparece en los titulares con la frecuencia que merece: en algunas encuestas, VOX empata con el PSOE o lo supera en determinadas provincias. Que VOX pueda convertirse en segunda fuerza en tierra andaluza, desplazando a los socialistas al tercer puesto en algunas circunscripciones, sería un hito histórico de una magnitud difícil de exagerar. El partido que gobernó Andalucía durante treinta y siete años ininterrumpidos podría quedar por detrás de una formación fundada en 2013. La encuesta de Gesop ya los situaba empatados en el 20% de los votos. Target Point le daba a VOX entre 18 y 21 escaños, mientras el PSOE se hundía al 21,2%. Si las matemáticas se confirman, el mapa político andaluz habrá cambiado de una manera que ningún analista habría considerado posible hace apenas una década.
Pero el problema de Montero no es solo externo. En el PSOE andaluz, la candidatura de la exvicepresidenta se recibe con lo que las fuentes socialistas consultadas por Libertad Digital califican de «resignación». No hay alternativa con el peso institucional de Montero, dicen. Lo que no dicen, aunque se lee entre líneas con la claridad de un cartel luminoso, es que nadie la quería. La candidatura fue impuesta desde Ferraz, desde el despacho de Pedro Sánchez, que ha decidido sacrificar a su número dos en el altar andaluz con la misma calidez con que no acudió a despedirla en su última sesión de control en el Congreso. El banco azul estaba vacío cuando Ester Muñoz, del PP, le decía a Montero: «Usted pasará a la historia por ser una mujer que traicionó a su país y a su tierra a cambio de mantener a un hombre en su sitio, que no ha dudado en dejarla tirada cuando lo ha necesitado.»
La referencia cesariana, a estas alturas, se hace irresistible. Porque según informa La Razón, el PSOE andaluz ya planea el relevo de Montero tras las elecciones. Los mismos que han aplaudido su candidatura con el entusiasmo del condenado que aplaude al verdugo están preparando la sucesión con una discreción que no termina de ser suficiente. Los idus de mayo, en Andalucía, prometen ser de una elegancia romana.
Y aquí entra el capítulo de los antecedentes, porque Montero no llega a esta batalla con el historial limpio de quien no ha tenido tiempo de mancharse. Durante su etapa como ministra de Hacienda, el que fuera su número tres en el ministerio, José Antonio Marco Sanjuán, presidente del Tribunal Económico-Administrativo Central, dimitió envuelto en un escándalo mayúsculo: un empresario aseguraba haberle pagado más de 100.000 euros en efectivo, billete a billete, a cambio de que le anulara multas millonarias de la Agencia Tributaria. El esquema incluía, según ese empresario, repartos entre miembros del propio ministerio. Montero dijo que era «mentira» y defendió a su subordinado hasta que ya no fue posible seguir haciéndolo. Lo que hizo a continuación es aún más revelador: le buscó un destino en Valencia, donde el exnúmero tres tomó posesión como inspector de la Agencia Tributaria porque, según las fuentes consultadas, quería «ganar calidad de vida.» Una delicadeza de la que los contribuyentes que pagaban sus multas para que alguien las archivara probablemente no disfrutaron en igual medida.
Montero, ante todo esto, mantiene intacta su confianza en sí misma. No ha renunciado a su escaño en el Congreso — conviene tener la red tendida por si la presidencia de la Junta no sale — y conserva su plaza en el Hospital Virgen del Rocío, donde lleva veintiseis años como funcionaria de carrera. El sacrificio tiene límites. La mujer más poderosa de la democracia española sabe muy bien dónde está el suelo.
Los andaluces, mientras tanto, se preparan para las urnas del 17 de mayo con la tranquilidad de quien ya ha tomado una decisión. No vienen a rescatar a nadie. Vienen a votar. Y en ese ejercicio modesto y democrático de depositar un papel en una urna, sin épica ni tercera persona, es muy probable que dejen a la salvadora esperando en Despeñaperros con la capa puesta y nadie que la necesite.
César llegó, vio y venció. Montero llegó, habló de sí misma, y el resultado del 17 de mayo completará la frase.




