Corromper es alterar o subvertir el correcto discurrir de los actos y de los hechos, es echar a perder, deteriorar las instituciones, depravar, dañar, sobornar con dádivas, planear negocios indecentes, ejercer el nepotismo, colocar de forma fraudulenta a los colegas, allegados y simpatizantes, pervertir las leyes, acosar, eludir responsabilidades, someterse al chantaje, traficar con los privilegios, alterar la veracidad de los hechos, violentar y todo acto que pueda menoscabar la convivencia o el bienestar de la sociedad.
Es evidente que todos los partidos han sido tocados por la corrupción, aunque no a todos en la misma forma ni en el mismo nivel de complejidad, ni en el número de ramificaciones asociadas. La corrupción política, ya sea económica, doctrinaria, comunicativa, jurídica, ideológica o intelectual, siempre es una estafa que afecta a la ciudadanía en general. De todos los presuntos casos que se han producido de corrupción, hay una parte sustancial que afecta al gobierno actual de forma directa, así como a familiares, entorno político y socios minoritarios que sustentan su poder.
Los partidos solamente son la representación de las distintas denominaciones que se dan las personas agrupadas en ellos. A los partidos, como denominadores de estos grupos, no se les puede atribuir culpabilidad alguna, ni méritos tangibles, porque no tienen entidad de persona a la que se le pueda responsabilizar en sí misma.
Las posibles responsabilidades, sean políticas o jurídicas, no es exigible a los partidos, es exigible sólo a las personas que han cometido actos delictivos, entre ellos la corrupción, dentro del ámbito del partido a los que están afiliadas. Acusar a un partido es perderse en un maremágnum de dichos y diretes, que difumina la responsabilidad real de las personas implicadas en la corrupción. Lo más adecuado, y que resulta más efectivo, es la exigencia de responsabilidades, con nombres y apellidos, por los delitos cometidos y sometidos a investigación judicial.
También es corrupción ocultar, justificar o aplaudir la corrupción propia al tiempo que se magnifica la corrupción ajena. Hay quienes se presentan como ejemplos de honestidad suprema, pero son personas corruptas sin remedio, sin admitir que lo son, pero con el peso de la doble moral sobre sus espaldas, arrastrando su falsa honradez en el ejercicio de su actividad política.
Los partidos menores, que acusan de corrupción a los dos grandes, también cobijan en su seno a personas que son culpables de corrupción y, lo más grave, lo niegan y se ponen como ejemplo a seguir: unos por apoyar la presunta corrupción del ejecutivo al que sostienen porque les interesa y les produce beneficios, otros porque las denuncias públicas de sus propios afiliados contra sus dirigentes lo dejan al descubierto.
Tratar de engañar o de manipular políticamente a la ciudadanía es un delito de corrupción ideológica, aunque esté consentido y no se repare en ello, es la corrupción adornada de falsa honradez.
Hay ejemplos que son paradigmáticos, entre ellos:
- Predicar que la clase política debe vivir en barrios de trabajadores y, a continuación, comprarse una mansión con piscina, jardín y recinto acotado.
- Decir que un político nunca debe cobrar más de tres veces el salario mínimo y beneficiarse de emolumentos que los sobrepasa en demasía, aparte del cobro de dietas y otras prebendas.
- Exigir a los demás respeto al medio ambiente y usar, para viajes cortos, medios de transporte altamente contaminantes.
- Manifestarse a favor de las mujeres y después apoyar la “Ley del sí es sí” que beneficia a maltratadores, violadores y asesinos de mujeres.
- Proclamar el derecho a la libre expresión y, a la vez, organizar escraches para que, en las universidades, no puedan ejercer esta misma libertad quienes no piensan como ellos.
- Oponerse a la bajada de impuestos que beneficia a toda la ciudadanía.
- Proponer y empeñarse en aplicar modelos políticos fracasados en los países en los que han estado o están vigentes.
- Hablan de solidaridad, pero dividen a la sociedad creando grupos enfrentados que son falsamente antagónicos. Lo hacen utilizando como señuelo sexo, costumbres, edad, creencias, ideas u otras diferencias interesadas.
- Criticar a “pijos”, que dicen son de derecha y, cuando tocan poder, vestir de boutique e ir de estreno casi a diario.
- Presumir de feministas y decir que el burka es cultura, obviando a las mujeres que son maltratadas por llevar mal puesto el velo y estar totalmente sometidas al varón, así como callar los ahorcamientos de homosexuales colgados de una grúa. Callan.
- Encabezar y jalear manifestaciones contra sus adversarios políticos, y después llamar a las fuerzas del orden, si los adversarios actúan como ellos, por considerarlo un atropello.
- Insultar y menospreciar a los españoles, desde el independentismo, y pedir el voto de los mismos para las próximas elecciones generales.
Como se evidencia, quienes apoyan la corrupción del ejecutivo y justifican sus fechorías, desmanes, engaños e irresponsabilidades, son quienes se presentan a cualquier elección diciendo que van a acabar con la corrupción. No es de recibo, lo dicen sin despeinarse y con el cinismo indecente que caracteriza a la corruptela, malversación, acoso y manipulación. Son maestros en presentarse con el sello de la honradez cuando, en realidad, sus hechos y actuaciones acaban siendo dañinos para la sociedad a la que dicen defender.




