Hay discursos que no envejecen porque el País tampoco madura. El de Julio Anguita en Málaga en el 2015 es uno de ellos. No es un documento histórico: es un espejo que España sigue evitando. Y lo más revelador no es lo que dijo entonces, sino lo que seguimos sin atrevernos a decir ahora.
- Anguita denunciaba a los “patriotas de pulsera”, aquellos que confunden amar a España con apropiarse de ella. Treinta años después, el lector puede contrastarlo con la facilidad con la que ciertos partidos convierten cualquier debate —desde la financiación autonómica hasta la renovación del CGPJ— en un concurso de banderas. La Patria como atrezzo. La política como espectáculo. El País como rehén.
- Otro pasaje incómodo es su advertencia sobre la corrupción estructural. No hablaba de manzanas podridas, sino de un sistema que premia la impunidad. El lector puede recordar casos recientes: contratos públicos bajo sospecha, alcaldes imputados que resisten en el cargo, redes clientelares que sobreviven a cualquier alternancia. España no tiene un problema de corrupción: tiene un ecosistema que la tolera mientras no estalle en prime time.
- Anguita también alertaba sobre la pérdida de soberanía real. Entonces era Maastricht; hoy es la dependencia energética, las reglas fiscales europeas o la incapacidad del Estado para regular a gigantes tecnológicos que operan por encima de cualquier parlamento. El lector puede preguntarse quién manda realmente: ¿el Gobierno o los mercados?, ¿el Congreso o Bruselas?, ¿la política o los algoritmos?
Pero quizá el punto más doloroso sea su llamada a la unidad de las izquierdas. Anguita no pedía abrazos: pedía estrategia. En 2026, el espacio progresista vive en una centrifugadora permanente: escisiones, micro-proyectos, coaliciones que duran menos que una legislatura. El lector puede observar los resultados: fragmentación que regala mayorías, discursos que se neutralizan entre sí, líderes más preocupados por su parcela que por el País.
Lo que hace duro su discurso no es su radicalidad, sino su vigencia. España sigue atrapada en los mismos vicios: patriotismo de cartón, corrupción normalizada, soberanía condicionada y una izquierda que confunde pluralidad con dispersión.
Anguita no pedía fe; pedía rigor.
No pedía épica; pedía decencia.
Y quizá por eso su voz sigue sonando como una acusación directa a una clase política que prefiere el ruido a la responsabilidad.
El lector decide si este país ha cambiado… o si simplemente ha aprendido a convivir con sus propias sombras.
Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=T1fu41NeZU4




