Hay una modalidad del antirracismo que florece con especial elegancia en los despachos del Partido Popular. Consiste en denunciar con vehemencia las ofensas contra las minorías extranjeras mientras se aplauden con entusiasmo los resultados deportivos del mismo evento en que se ha ofendido a la mayoría nacional. Es un ejercicio de acrobacia moral que requiere años de práctica, y Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, lleva practicándolo el tiempo suficiente como para haberlo convertido en una disciplina olímpica.
El 31 de marzo, en el estadio de Cornellá, durante un partido amistoso entre España y Egipto, parte del público silbó el himno egipcio y entonó el cántico «musulmán el que no bote es». Al día siguiente, Juanma Moreno publicó un tweet de una factura impecable: «El mensaje del respeto, la educación y la convivencia es muy necesario. Los cánticos xenófobos del otro día en Cornellá son intolerables y no pueden tener cabida en nuestra sociedad. España es un país de tolerancia y lo tenemos que cuidar entre todos.» Una declaración perfecta. Propia de un estadista. Digna de figurar en los manuales de comunicación política sobre cómo condenar lo evidente con la solemnidad debida.
El mensaje del respeto, la educación y la convivencia es muy necesario.
Los cánticos xenófobos del otro día en Cornellá son intolerables y no pueden tener cabida nuestra sociedad.
España es un país de tolerancia y lo tenemos que cuidar entre todos. pic.twitter.com/3bual4AtqZ
— Juanma Moreno (@JuanMa_Moreno) April 2, 2026
Avanzamos unos días. Dieciocho de abril, Sevilla, estadio de La Cartuja. Final de la Copa del Rey entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. En el palco de autoridades, el Rey Felipe VI, acompañado entre otros por Juanma Moreno. En las gradas, una parte sustancial de la afición donostiarra — previamente arengada por Arnaldo Otegi, que pidió llenar el estadio de ikurriñas para «demostrar que somos Euskal Herria y no somos España» — silba el himno nacional con la energía de quien ha ensayado. En las calles de Sevilla, en esa misma ciudad donde el 30 de enero de 1998 ETA asesinó al concejal Alberto Jiménez-Becerril y a su esposa Ascensión García Ortiz, dejando tres huérfanos de ocho, siete y cuatro años, un grupo de aficionados de la Real Sociedad canta antes del partido: «Somos la banda de Anoeta… ¡ETA!». Lo graba un periodista catalán. Circula en redes sociales. Se escucha perfectamente.
El presidente de la Junta de Andalucía, en cuya tierra fue asesinado aquel matrimonio, en cuya ciudad se produjeron los cánticos a favor de la banda que los asesinó, ante el mismo Rey al que se le silbó el himno en su presencia, publicó al día siguiente el siguiente tweet: «¡Enhorabuena a la Real Sociedad y su afición por ganar su cuarta Copa del Rey! Emoción hasta el final, gol más rápido de la historia de la Copa y el mejor escenario: Andalucía. Una nueva final histórica en el Estadio La Cartuja de Sevilla.»
¡Enhorabuena a la @RealSociedad y su afición por ganar su cuarta Copa del Rey!
Emoción hasta el final, gol más rápido de la historia de la Copa y el mejor escenario: #Andalucía.
Una nueva final histórica en el Estadio La Cartuja de Sevilla.
👏👏👏#LaCopaMola pic.twitter.com/xln2odlcZc
— Juanma Moreno (@JuanMa_Moreno) April 18, 2026
Uno lee este tweet y necesita un momento. No para indignarse, que eso viene después, sino para comprender la mecánica del milagro conceptual. Juanma Moreno ha felicitado a la afición que en su ciudad ha celebrado a la banda terrorista que asesinó a uno de los suyos. Ha elogiado la emoción del partido en el que se ha insultado al himno de su país en presencia del Rey. Ha puesto en valor el escenario andaluz del evento en el que su tierra ha sido utilizada como caja de resonancia de la apología terrorista. Y lo ha hecho con emoticonos de aplauso.
La pregunta que brota espontáneamente, sin necesidad de forzar ningún silogismo, es por qué los cánticos xenófobos contra los egipcios son intolerables y los cánticos apologéticos de ETA son pintorescos. Por qué el silbido al himno egipcio mereció un comunicado inmediato del presidente andaluz condenando la intolerancia y el silbido al himno español en Sevilla, ante el Rey, mereció un comunicado felicitando al silbador. Por qué el respeto, la educación y la convivencia son valores que hay que defender cuando están en juego los sentimientos de los musulmanes de El Cairo, pero son ausencias perfectamente aceptables cuando están en juego la dignidad de un matrimonio sevillano asesinado por terroristas en la propia ciudad donde ahora se les homenajea con gritos de «ETA».
La hipótesis más caritativa es que Juanma Moreno no vio la calle, no escuchó los silbidos, no leyó los tweets del periodista catalán y publicó su felicitación en un estado de inocencia edénica. Esta hipótesis es tan generosa que rebasa el umbral de la credibilidad razonable.
La hipótesis realista es que Moreno aplica, como tantos otros dirigentes del PP templado, el sistema de doble vara que constituye el fundamento operativo del centrismo español contemporáneo. Con las minorías extranjeras, firmeza condenatoria, porque condenarlas cuesta cero votos y proporciona puntos morales cotizados al alza en Bruselas. Con las ofensas al propio país, condescendencia bonachona, porque condenarlas cuesta votos en Cataluña, en el País Vasco, en los medios progresistas, en los editoriales del El País, en los despachos donde se deciden las becas y las subvenciones culturales, y en última instancia, en el propio espejo donde uno se mira por las mañanas y quiere verse como un hombre moderado, razonable, europeo, elegante, nada parecido a esos fachas que se enfadan por cosas como los gritos a favor de ETA en Sevilla.
Porque claro, enfadarse por eso sería de ultraderecha. Lo ultraderechista hoy no es gritar «somos la banda de ETA» en la ciudad donde ETA asesinó a un concejal. Lo ultraderechista es molestarse porque alguien grite «somos la banda de ETA» en la ciudad donde ETA asesinó a un concejal. La operación semántica, admirémosla, es perfecta. La víctima se convierte en provocador por el mero hecho de recordar la víctima. El que pide respeto al himno nacional es un facha, mientras que el que ofende al himno nacional es un demócrata ejerciendo su libertad de expresión. Y el presidente andaluz, con su aplauso de emoticono, confirma el diagnóstico: las reglas son distintas según quién sea la víctima y quién el victimario.
Si en lugar de gritar «ETA» los aficionados de la Real Sociedad hubieran gritado «musulmán el que no bote», Juanma Moreno habría convocado una rueda de prensa de urgencia. Habría emitido un comunicado institucional. Habría pedido la intervención de la delegación del gobierno. Habría hablado de sociedades abiertas, de tolerancia, de la necesidad de cuidar nuestra convivencia entre todos. Pero gritaron «ETA», que es una ofensa estrictamente española, cometida por españoles contra españoles, en memoria de un asesinato cometido contra españoles. Y eso es doméstico. Eso es política. Eso es matizable. Eso se puede felicitar, incluso, si se hace con elegancia.
Un presidente del Partido Popular, del partido al que pertenecía Alberto Jiménez-Becerril, del partido cuyos concejales en el País Vasco necesitaron escolta durante décadas para no ser asesinados en los portales de sus casas, ha felicitado a los aficionados que gritaron «ETA» en la ciudad donde asesinaron a su compañero. Y lo ha hecho, además, con tres aplausos de emoticono. Uno por cada huérfano que ETA dejó aquella noche de enero de 1998.
La tolerancia, en la versión Juanma Moreno, es ese estado de ánimo que permite condenar a los que insultan a Egipto y felicitar a los que apologizan a la ETA. Es una tolerancia muy sofisticada. Es una tolerancia que distingue. Es una tolerancia, por decirlo con la palabra exacta, selectiva. Como el himno.




