El extraño concepto de proteger empobreciendo. Familia española pidiendo una ayuda.

El extraño concepto de proteger empobreciendo

Hay una idea que lleva años flotando en la política europea con la persistencia de una gotera en un techo mal reparado, y que en España acaba de aterrizar oficialmente el 16 de abril de 2026, en el acuerdo de gobierno firmado entre el PP y VOX en Extremadura. La idea es tan subversiva, tan radical, tan contraria a los valores fundacionales de la democracia occidental, que merece que nos detengamos a examinarla con calma. La idea es esta: cuando el Estado reparte recursos limitados pagados con el dinero de los contribuyentes, tiene sentido priorizar a los contribuyentes que llevan toda la vida pagando.

Cuando uno lo pone así, en frío, sobre una cuartilla, comprende la magnitud del escándalo. Es el tipo de pensamiento retrógrado, reaccionario y peligrosamente racional que la izquierda lleva décadas intentando desterrar del imaginario colectivo. Porque si se admite el principio de que un Estado tiene obligaciones prioritarias con quienes lo financian, todo el edificio ideológico construido durante los últimos veinte años se tambalea. Y ese edificio, conviene decirlo, ha resultado ser muy rentable para sus arquitectos, aunque no tanto para quienes viven debajo.

El acuerdo extremeño introduce el concepto de prioridad nacional con una precisión técnica que debería avergonzar a quienes lo llamen ocurrencia populista. Se trata de baremos de puntuación en los que pesa el empadronamiento continuado, la trayectoria de cotización en el territorio y los vínculos familiares previos en la región. Es decir, pondera la vinculación real del solicitante con la comunidad que le paga la ayuda. Al lector desprevenido le costará encontrar en esto algo distinto del sentido común más elemental. Y es que no lo hay. Lo que hay es la recuperación de una obviedad tan obvia que su mera enunciación resulta hoy políticamente explosiva.

Imaginemos el caso de una madre extremeña, trabajadora, que lleva veinte años cotizando, pagando impuestos, criando hijos que a su vez cotizarán y pagarán impuestos, y que solicita una vivienda de protección oficial porque su salario no le alcanza. Imaginemos que esa mujer compite por esa vivienda con alguien que llegó a España hace siete meses y no ha cotizado un solo día. Hasta el acuerdo extremeño, ambos partían desde la misma línea de salida. Con el acuerdo extremeño, la cotizante obtiene una ventaja en el baremo. El sistema, sorprendentemente, empieza a parecerse a lo que un ciudadano medio entendería por justicia.

El problema para la estructura progresista es que este planteamiento tiene una propiedad incómoda: funciona también a la inversa. Si las ayudas sociales se reparten sin tener en cuenta la vinculación real del solicitante con el territorio, el efecto es perfectamente predecible. España se convierte en una tierra prometida señalizada con luces de neón desde África y Oriente Medio. El migrante que llega a Marruecos y escucha que en Extremadura hay vivienda protegida, sanidad universal, educación gratuita, prestaciones por hijo, ayudas al alquiler y comedores públicos, calcula que vale la pena cruzar el Estrecho. Y cruza. Y al llegar, descubre que efectivamente todo eso existe, y que además no se le exige nada a cambio salvo registrarse. Los servicios sociales, que fueron diseñados para atender situaciones excepcionales en una población estable, empiezan a recibir una demanda que multiplica su capacidad. Y cuando la demanda supera estructuralmente la oferta, no es magia lo que falla, sino la aritmética. Las listas de espera se eternizan, los recursos se diluyen, y los servicios que financian los contribuyentes de toda la vida se degradan precisamente para la gente que los ha pagado durante décadas.

Este razonamiento no es xenófobo ni racista ni de extrema derecha. Es contable. Si una administración reparte cien ayudas anuales entre cien solicitantes históricos, cada uno recibe una. Si de pronto los solicitantes son trescientos, cada uno recibe un tercio. Y si el presupuesto está congelado, y si la presión migratoria aumenta sostenidamente, el sistema colapsa. No por maldad de nadie, sino por imposibilidad física.

Ante esta situación elemental, la respuesta del presidente del Gobierno ha sido anunciar que llevará el acuerdo extremeño al Tribunal Constitucional para, palabras textuales, «proteger a los extremeños». Conviene detenerse en esta frase porque contiene una de las paradojas más perfectas del discurso político contemporáneo. Pedro Sánchez va a proteger a los extremeños impidiendo que se apruebe una norma que prioriza a los extremeños en el reparto de ayudas pagadas por los extremeños. Los va a proteger, concretamente, de la amenaza terrible de que sus propios impuestos se destinen preferentemente a ellos mismos. Si alguna vez ha habido una definición más acabada de protección inversa, de amparo al revés, uno no la recuerda.

La lógica es tan peculiar que admite extensiones interesantes. Podríamos proteger a los jubilados aumentando la edad de jubilación. Podríamos proteger a los enfermos reduciendo los hospitales. Podríamos proteger a los estudiantes cerrando las universidades. El modelo Sánchez, aplicado con coherencia, promete grandes satisfacciones conceptuales y ningún progreso material.

Y aquí, precisamente aquí, es donde entra la parte más incómoda del asunto. Porque estas medidas de sentido común, estas obviedades sobre las que los ciudadanos llevan años reclamando que alguien actúe, no han llegado con el PP gobernando en solitario. No han llegado con la oposición razonable que supuestamente representaba el centro-derecha templado. No han llegado con ningún Feijóo moderado negociando con ningún Sánchez comprensivo. Han llegado cuando, y solo cuando, VOX se ha convertido en fuerza decisiva para formar gobierno.

Esto debería hacer pensar. Y lo hace, aunque no siempre a quienes deberían pensar. Durante una década, el Partido Popular ha evitado estos asuntos con la delicadeza de quien evita un charco en un día de domingo. Nada de prioridad nacional. Nada de baremos de arraigo. Nada de hablar de vivienda social en términos de cotización previa. Todo eso era territorio minado, políticamente tóxico, moralmente comprometedor. Mejor quedarse en el centro blandito, en las generalidades tranquilizadoras, en los equilibrios con los obispos y con la CEOE. Mientras tanto, los votantes del PP, especialmente los votantes humildes del PP — porque el PP, aunque a veces lo olvide, tiene millones de votantes humildes —, iban viendo cómo el sistema de bienestar que ellos financiaban se reservaba cada vez más para los recién llegados, y cómo sus hijos quedaban fuera de las prioridades de una administración que no se atrevía a discriminar positivamente a favor de los suyos por miedo a que alguien la acusara de algo.

VOX ha llegado, ha planteado la cuestión con crudeza y sin complejos, y ha forzado al PP a firmarla, Manuel Gavira también quiero implantarla en Andalucía. El mérito, para bien o para mal, es enteramente suyo. Sin los trece diputados de Óscar Fernández Calle en la asamblea extremeña, el acuerdo no existiría. Y sin ese acuerdo, el concepto de prioridad nacional seguiría siendo en España lo que ha sido hasta ahora: una idea inconfesable, una sugerencia impronunciable, una obviedad clandestina.

Moraleja contable para quien quiera extraerla: el PP moderado solo propone políticas de sentido común cuando alguien a su derecha le obliga a hacerlo. El PSOE reacciona a esas políticas llevándolas al Constitucional en nombre de las víctimas de las mismas. Y los ciudadanos asisten, con la paciencia que los caracteriza, al espectáculo de una clase política que tarda décadas en descubrir lo que ellos sabían desde el principio: que quien paga el restaurante tiene derecho a sentarse a la mesa antes que quien acaba de llegar a pedir un plato de comida. No por xenofobia. Por educación.


Autor: Alex Borrás | Artículos - Wikipedia - Linkedin de Alex Borrás - Twitter
Consultor de comunicación digital, Especializado en estrategias de comunicación, Identidad Digital y Reputación Online. Desarrollo de algoritmos para evaluar influencia en Redes Sociales y posicionamiento en buscadores (SEO). Especializado en comunicación política y campañas electorales.

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