En España se habla constantemente de “LOS AUTÓNOMOS” como si fuésemos un bloque homogéneo. Pero la realidad es muy distinta. Bajo ese mismo título conviven agricultores, transportistas, hosteleros, abogados, comerciantes, programadores, electricistas, repartidores o pequeños empresarios. Y precisamente ahí está el principal problema: los autónomos españoles no formamos un colectivo unido, sino una suma de sectores con intereses muchas veces distintos e incluso enfrentados entre sí.
No tiene las mismas necesidades un agricultor de El Ejido que un diseñador freelance de Madrid, ni un pequeño bar familiar que un profesional liberal con altos ingresos. Algunos reclaman cuotas más bajas para poder sobrevivir; otros priorizan mejores prestaciones, estabilidad normativa o acceso a la financiación. Esa diversidad dificulta enormemente construir una agenda común.
A ello se suma una cultura profundamente sectorial. En España los autónomos se organizan como pequeños gremios: taxis, agricultura, comercio, hostelería, transporte o construcción funcionan casi como compartimentos estancos. Cada uno defiende su propio espacio, sus ayudas, sus regulaciones y su interlocución política. El resultado es una representación fragmentada y ninguna fuerza real.
Las propias asociaciones también compiten entre sí. Muchas veces el problema no es solo defender al autónomo, sino conservar cuotas de poder, representación institucional o acceso a subvenciones. Esto genera estructuras poco coordinadas entre sí y dificulta la aparición de una única voz que sea fuerte y transversal.
Pero existe otro factor todavía más importante: el aislamiento. El autónomo español vive absorbido por el día a día, por pagar facturas, soportar burocracia y mantener su actividad. Trabaja demasiadas horas y rara vez dispone de tiempo o energía para organizarse colectivamente. Entre los autónomos predomina la idea de que “cada uno se salva como puede”.
Las consecuencias son evidentes. Aunque los autónomos representan una parte esencial de la economía y del empleo en España, carecen de capacidad para la presión política. Los autónomos no votan en bloque, no comparten una estrategia común y reaccionan más a las urgencias inmediatas que a una visión de largo plazo.
La solución no pasa por eliminar las diferencias entre sectores, algo imposible, sino por construir objetivos mínimos compartidos: SIMPLIFICACIÓN BUROCRÁTICA, ESTABILIDAD NORMATIVA, PROTECCIÓN FRENTE A IMPAGOS, ACCESO A FINANCIACIÓN, REDUCCIÓN DE CARGAS ADMINISTRATIVAS Y UN ENTORNO MÁS FAVORABLE PARA CRECER.
España necesita concienciarse y comprender que los autónomos no son un problema aislado de cada sector, sino una pieza clave del tejido productivo. Mientras continúen fragmentados, seguirán teniendo menos influencia de la que les corresponde por peso económico y social. La verdadera fuerza del autónomo no estará en defender únicamente su pequeño espacio, sino en entender que muchos de sus problemas son comunes y requieren un tratamiento y una respuesta colectiva.
Por ello hemos de dotarnos de una plataforma potente y transversal que aglutine, con sus diversas reivindicaciones, a los diversos colectivos de autónomos, y que se apoyen en un marcado liderazgo que pueda ejercer, con una sola voz la autoridad del sector. Sólo de esta forma, lograremos conformar un colectivo no invisible, y que de una vez por todas tengamos voz y se nos escuche.
Y para lograr estas necesarias y urgentes reivindicaciones comunes, el sector se está reuniendo en forma de confederación, para lograr un estatuto propio que proteja sus derechos básicos y permita su contribución productiva para España. Adicionalmente, todo el pueblo debe defender al sector y, mirando a su alrededor, imaginar cómo sería este país sin autónomos, en el que solo existieran niños, jubilados y funcionarios viviendo a costa de las arcas públicas y sin aportar ingresos al país. ¿De qué vivirían estos, y quienes les prestarían los servicios privados y productos esenciales para sus vidas?
Autor: Joan Pau Rica López




