a medida

A medida

Hasta que esto, también pase.

Pedro Sánchez nos ha cogido la medida a todos los españoles.

Y lo ha hecho, a mi parecer, de una manera impecable: sin inmutarse, sin aparentar remordimientos y con una capacidad extraordinaria de resistir el desgaste político. Cuando una explicación deja de funcionar, aparece otra. Cuando una responsabilidad resulta incómoda, aparece otro culpable y cuando una polémica parece agotarse, simplemente se espera a que algo vuelva a pasar.

Y se espera a que pase.

Quizá esa sea precisamente la estrategia que más deberíamos temer: la de esperar a que los ciudadanos nos acostumbremos.

Porque nos estamos acostumbrando.

Nos hemos acostumbrado a que las responsabilidades políticas se diluyan en el tiempo, a que las explicaciones cambien , a que las polémicas duren unos días y sean sustituidas por la siguiente. Nos escandalizamos, nos echamos las manos a la cabeza, discutimos en las redes sociales y, finalmente, llega otro asunto.

Y seguimos hacia adelante.

El problema es que mientras nosotros seguimos adelante, las consecuencias permanecen.

Ceuta no es una cifra

Lo ocurrido en Ceuta debería ser mucho más que una batalla política entre Gobierno, oposición y ciudadanía.

Según los datos mantenidos por el Ministerio del Interior, unas 72.000 personas entraron irregularmente en Ceuta durante los días 30 y 31 de julio. A finales de agosto, el propio Interior calculaba que unas 5.000 permanecían todavía en la ciudad, entre ellas alrededor de 1.500 menores. (EFE)

Pero incluso las cifras más básicas han estado rodeadas de confusión.

En un momento dado, el ministro Ángel Víctor Torres habló de 80.000 llegadas. Posteriormente, el Gobierno aclaró que la cifra oficial continuaba siendo 72.000 y que la referencia a 80.000 se había utilizado para dimensionar la magnitud de la crisis comparándola con la población de Ceuta. (EFE)

Y después están los muertos.

La Delegación del Gobierno habló inicialmente de 72 fallecidos. El Gobierno de Ceuta elevó posteriormente la cifra a 88 personas fallecidas en las inmediaciones del Tarajal, en su mayoría por ahogamiento. (EFE)

Pero la ONG Caminando Fronteras elevó el balance a 141 fallecidos: 78 cadáveres recuperados en Ceuta y 63 en Marruecos. La propia organización explicó que no había tenido acceso a las autopsias y que su recuento procedía de la identificación de cadáveres sobre el terreno y de la colaboración con familiares y comunidades de las víctimas. (EFE)

¿De verdad podemos contemplar semejante tragedia y ver como cambian las cifras solo por un interés político?

141 personas, 88, 72… cualquiera de esas cifras debería estremecernos.

Porque detrás de cada número había una persona.

Personas convertidas en fichas, algunas serán delincuentes y otras inocentes buscando una mejor vida. Todas ellas víctimas de su propio gobierno, utilizadas para atacar.

Lo más terrible de lo ocurrido es precisamente eso: que estamos hablando de seres humanos que están en medio de una crisis política y diplomática, como fichas de un tablero.

Y en el otro lado del tablero, los ciudadanos de Ceuta.

Víctimas todos, personas que, de un día para otro se les ha alterado su vida cotidiana. Padres preocupados y asustados por sus hijos, vecinos sometidos a una situación de tensión máxima, donde ir hacer la mínima compra se hace con miedo, servicios públicos colapsados. Una ciudad que intenta recuperar  su normalidad.

Ceuta no es solo un trozo de tierra sobre un mapa.

Es una ciudad Española donde sus ciudadanos tienen el derecho a vivir con seguridad y con la tranquilidad que debería proporcionarles el Estado al que pertenecen.

Por eso resulta tan preocupante que una tragedia humana de estas dimensiones termine reducida a una pelea o extorsión política.

¿Se pudo prever?

Aquí aparece otra de las grandes preguntas.

Durante las últimas semanas se han desclasificado documentos relativos a las comunicaciones del CNI antes de la entrada masiva. Esos documentos muestran que existieron avisos relacionados con convocatorias en redes sociales y con posibles entradas a Ceuta. El Gobierno sostiene que aquello no constituía una alerta formal que permitiera anticipar una entrada de la magnitud que finalmente se produjo. (Debe ser que lo correcto hubiese sido añadir a la palabra masiva, un super delante, para darle más énfasis…)

Otras fuentes y responsables públicos sostienen una interpretación diferente. (RTVE. es)

Todos subjetivos al color que les dan el pan.

La propia Audiencia Nacional ha pedido información para determinar, entre otras cuestiones, si hubo avisos previos y si la entrada pudo responder a una acción concertada o dirigida por algún grupo. (EFE)

Por tanto, hay preguntas que todavía tienen que ser contestadas.

Y precisamente por eso resulta tan importante no cerrarlas con una explicación política prefabricada, y no perdernos esta vez en los giros del gobierno, que yo ya no se que pensar de ellos.

¿Estamos ante una estrategia extraordinariamente inteligente para confundir, desviar la atención y esperar a que el ciudadano se canse y olvide?

¿O estamos simplemente ante una gestión tan caótica y chapucera que parece dirigida por Mortadelo y Filemón desde la T.I.A.?

Sea una cosa o la otra, hay algo que sí parece evidente: cuando todo se convierte en ruido, resulta mucho más difícil exigir responsabilidades.

Y mientras discutimos las cifras, las versiones y los culpables, el tiempo pasa.

Ese parece ser el gran aliado de este gobierno que vive sometido a un gran número de crisis.

El tiempo.

Esperar hasta que deje de ser noticia

Porque quizá Pedro Sánchez haya aprendido algo que muchos políticos antes que él ya sabían: la memoria política del ciudadano es corta. Y él sabe utilizarla.

Hay que resistir el primer impacto.

Después, la indignación disminuye.

Después llega otra noticia.

Después otra.

Y finalmente aquello que parecía insoportable termina formando parte del paisaje.

Los inmigrantes que continúan en Ceuta dejaran de ocupar las portadas. Los problemas de la ciudad dejarán de ser noticia nacional. Los muertos dejarán de ocupar titulares. Y la polémica sobre las responsabilidades se desgasta.

Y entonces llega la normalización.

Eso es lo que más me preocupa.

No solamente lo que ocurrió en Ceuta, sino nuestra capacidad para acostumbrarnos a que ocurra.

Porque cuando una sociedad deja de escandalizarse ante lo extraordinario, lo extraordinario empieza a convertirse en normal.

Y quizá ahí esté el verdadero peligro.

No sé si Pedro Sánchez nos ha cogido la medida.

Pero sí sé que, si cada crisis termina simplemente esperando a que pase, los ciudadanos acabaremos siendo espectadores de una realidad nada esperanzadora, la pérdida de nuestra nación tal y como la conocemos.

Deberíamos tomar conciencia que hasta que se produzcan las siguientes Elecciones generales, Sánchez y sus ministros, no pueden ni deben hacerlo todo solos.

Hay escalones intermedios, directores, funcionarios y cargos públicos, que enlazan con los ciudadanos y la realidad de cada día.

Hay que aplicar la Resistencia Civil junto con las manifestaciones en las calles, ralentizar todo lo posible la ejecución de las perversas instrucciones que esos ministros emiten para destruir la España que conocemos.

Porque mientras este gobierno siga moviendo sus fichas, las fichas seguimos siendo personas.

Tremendo

 


Autor: Marina Guillén Campos | Artículos
Empresaria y gerente. Aficionada a la literatura y con una novela "El Inicio", publicada en 2009.

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