Patatas Meléndez

A las ricas patatas Meléndez

Ser de izquierdas supone vivir cabalgando contradicciones de manera
ininterrumpida. Juegos malabares morales constantes que llevan a gritar muy
fuertecito contra el cambio climático, mientras quemas queroseno a todo trapo
desde el Falcon o disfrutas de tu yate en Ibiza al más puro estilo almodovariano.
Llamas desde un iPhone última generación y tus hijos acuden a liceos trilingües, al
tiempo que clamas contra los tecnomagnates y atacas con dureza inusitada a los
colegios privados.

Quieres acabar con las vacas porque sus alivios rectales emiten metano, pero en
tus cenas de compas no faltan los solomillos. O en tu boda —recordemos el menú
del enlace del ministro Alberto Garzón, cuya labor ingente se limitaba a
recomendarnos a diario la mejor fruta de temporada en redes sociales—.
Como se dice en X, para ser progre hay que tener dinero. Mucho dinero.
Casoplones al alcance de pocos, seguridad privada, viajes interminables en
destinos paradisíacos.

Hasta aquí todo bien para el votante medio del PSOE y del nuevo Frente Amplio,
una especie de cocina de aprovechamiento, que rescata restos a punto de
caducar para que no acaben en la basura y, sobre todo, puedan evitar perder los
múltiples beneficios a los que, fuera de la política, jamás tendrían acceso.
Cuando cualquier contradicción de las arriba contadas se expone a ese votante
entregado, las respuestas siempre se dividen en dos: «Es que soy
socialdemócrata» o «No pretenderás que vivan debajo de un puente». La primera
se dibuja como una patente de corso para vivir como Midas sin rendir cuentas; la
segunda es la máxima expresión de la hipocresía. Si se persigue a los grandes
tenedores y fondos buitre —tan solo el ocho por ciento del mercado—, no parece
lógico que la ya exportavoz del PSOE compartiera su existencia con un señor con
dos sociedades en Panamá y treinta pisos en alquiler. Tampoco que muchos de
los señores diputados que enarbolaron la bandera de Maricarmen como una
causa del malvado capitalismo contra los supuestos desfavorecidos, cuenten con
hasta diecinueve inmuebles, como la candidata del Partido Socialista a la alcaldía
de Granada, Raquel Ruz.

Todo esto y muchísimo más es perdonado por ese votante medio, aterrado por la
alianza ultraderechista que nos aguarda tras las generales del 29N, sinónimo de
esclavitud femenina y persecución de la homosexualidad. Le compramos todos
los audios, oiga, pero que no llegue la turbosuperultraderecha.

Sin embargo, una cosa que hay que tener en cuenta es que siempre existe un pero,
una excepción, un resorte mínimo que hace saltar las alarmas: en la izquierda, de
forma increíble, se materializa en algo que toleran mucho peor que la subida
insoportable de la cesta de la compra, la destrucción de las infraestructuras o la
caída del poder adquisitivo de los españoles. Ese algo les hace torcer el gesto
mientras fruncen el ceño muy contrariados. Y no es otra cosa que la expansión del
amor, el pago a mujeres por esos servicios que antes copaban páginas de
periódicos y ahora acaparan los clics de cualquier página en Internet. Esto, no me
pregunten por qué, los fieles que perdonan más de cien fallecidos por falta de
mantenimiento de nuestra red ferroviaria, lo llevan bastante mal. Por eso cayó el
plenipotenciario exministro Ábalos. Todos recordamos ese vídeo inefable en el
que muy serio afirmaba —he de reconocer sus dotes actorales—: «Soy feminista
porque soy socialista». En ese momento su agenda rebosaba de señoritas que
fumaban y trataban a los hombres de tú, y hablaba con su segundo de una tal
Carlota que se enrollaba «que te cagas». Apareció el episodio de serie B del
parador de Teruel y la furgoneta llena de mujeres desde Valencia. La antítesis de
Plan: previo pago, cutre hasta la náusea y abonado con nuestros impuestos.
En un partido, cuya bandera es la supresión de la prostitución y la persecución de
los puteros, esto resulta, cuando menos, chocante. Aunque, si echamos la vista
atrás, no debería serlo tanto: los que tenemos más años que el hilo negro
recordamos las orgías del director de la Guardia Civil, José Luis Roldán, en
tiempos de Felipe González. Esos calzoncillos de corazones no se olvidan con
facilidad. Al fugado en Laos se sumó en 2023 el tito Berni en el llamado «caso
Mediador». Fotos de encuentros múltiples, numerosos nombres de políticos
socialistas que saltaron a la palestra de la indignidad y un olvido casi general,
enterrado entre los diez escándalos diarios que llevamos de media desde hace ya
demasiados años. De hecho, en septiembre de este mismo año, la jueza ordenó la
apertura de juicio oral. Pasó sin pena ni gloria. Tanta corrupción imposibilita el
recuerdo y anula la sorpresa.

Esta misma semana dimitió Óscar Puente. La justificación, asunción de
responsabilidades tras la tragedia de Urda. Pero ¿por qué ahora sí y tras Adamuz
no? Durante seis días, el Gobierno se enrocó en su falta de responsabilidad
directa, tratando de culpar al último de la fila a través de unos audios filtrados
cuyo rastro, según la prensa, conduce a la secretaria de Estado de Comunicación
Lydia del Canto.

A partir del anuncio de su dimisión, andan, por Ferraz y desde la Sincronizada, en
un proceso de santificación del vallisoletano que es tan indecente como parece.

Los peor intencionados hablaban de una debacle electoral medida en encuestas
internas como acelerador de la expulsión de Puente, hasta que, ¡oh, sorpresa!,
nos enteramos de que dos horas antes de anunciar el abandono de su Ministerio, y
según ha publicado El Debate, a Pedro Sánchez le llegó un informe en el que
aparecía la concesión de dos ayudas públicas —200.000 euros en 2023 y dos
millones en 2025— a la empresa vallisoletana «Patatas Meléndez» a cambio de
noches inolvidables con prostitutas. El aludido lo niega. Todo suma. Guantazo en
las urnas y orgías a gogó. Como campaña electoral no tiene precio.

Evidentemente, unas infraestructuras tercermundistas —hoy también hemos
leído en The Objective que los trenes de Renfe en Andalucía circulan con grapas,
cinta aislante y piezas reutilizadas—, cientos de vidas truncadas y el miedo de una
población no implican la obligación de dimitir. Tampoco los amaños de contratos.
Las prostitutas sí. Esas fiestas privadas son nocivas para los que miran a los
demás desde su atalaya de superioridad moral. Son su criptonita y estamos en
período electoral. Tocaba cortar una de las cabezas de la hydra y no se ha hecho
por criterios morales o profesionales, sino electorales.

Insultar en X, perseguir a los adversarios o ser negligente no cuentan para las
apuestas de dimisión, pero el partido abolicionista no puede permitir ni un
escándalo más con prostitutas. Así que, bandeja de plata mediante, Sánchez ha
representado a Herodes y Puente se ha transformado en el Bautista. Pero en esta
ocasión, y a diferencia de la escena original, ninguno de los dos es inocente.

Patricia Higuera Barra

AutorPatricia Higuera Barra

Historiadora, analista política y especialista en estrategias de comunicación digital, institucional y corporativa, incluyendo eventos y protocolo.

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