Juana de Arco profanada: la imagen de una Francia que arde

Juana de Arco profanada: la imagen de una Francia que arde

Hay fotografías que resumen una época mejor que mil análisis. La del sábado 17 de octubre en Toulouse es una de ellas: la estatua de Juana de Arco, la heroína nacional de Francia, con la cabeza cubierta por un chaleco amarillo a modo de velo y una bandera palestina colgada de su estandarte. Mientras tanto, a su alrededor, el país ardía.

La imagen es real. No es un montaje ni una creación de inteligencia artificial: la recogieron varios medios franceses y la grabaron numerosos testigos. En París, ese mismo día, grupos de encapuchados escalaron la estatua dorada de la Doncella de Orleans en la plaza de las Pirámides, a pocos metros del Louvre, y la cubrieron de pegatinas políticas (Le JDD).

Un país desbordado

La jornada del 17 de octubre se convocó como una protesta contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de la educación pública. Salieron a la calle unas 550.000 personas en todo el país, según el ministro del Interior. Pero lo que quedará de ese día no son las pancartas, sino el caos.

  • 1.200 detenidos en toda Francia, según el primer ministro, Sébastien Lecornu, que habló de un nivel de violencia inaceptable (CNN).
  • 150 policías y gendarmes heridos. El sindicato Unsa-Police reconoce que las fuerzas del orden se vieron completamente desbordadas por una violencia rara vez vista (Franceinfo).
  • El ayuntamiento de Limoges, pasto de las llamas, hasta el punto de que se desplomó su campanario (Publinews).
  • Coches incendiados en la plaza de la República de París, comercios saqueados y enfrentamientos en Marsella, Lyon, Lille, Burdeos y Rennes.

No es un episodio aislado. Las movilizaciones arrastran semanas de bloqueos de institutos y universidades, con incendios, morteros y agresiones al personal docente desde principios de octubre.

Juana de Arco no es una estatua cualquiera

Juana de Arco es mucho más que un monumento. Es la campesina que en 1429 levantó el asedio de Orleans, la que devolvió la esperanza a una Francia invadida y la que murió en la hoguera de Ruan en 1431 sin renegar de su fe ni de su patria. La Iglesia la canonizó en 1920 y es patrona de Francia. Pocas figuras encarnan de forma tan completa la identidad francesa: fe cristiana, valor, independencia nacional y sacrificio.

Por eso la escena de Toulouse no es una gamberrada. Cubrirle la cabeza y colgar de su estandarte la bandera de un conflicto ajeno es un mensaje. Sobre el símbolo de la nación se impone el símbolo de otra causa, importada, que nada tiene que ver con el coste de la vida ni con las aulas masificadas por las que supuestamente se protestaba. Cuando una sociedad permite que se humille así a sus propios símbolos, algo profundo se ha roto.

Tampoco es la primera vez. En 2025, tras la victoria del PSG en la Liga de Campeones, otro grupo de alborotadores escaló la misma estatua de París con una bandera palestina (France Catholique). Es un patrón que se repite.

Quién quema Francia

La izquierda francesa prefiere no hacerse esta pregunta. Marine Le Pen acusó a los alborotadores de haber arruinado las protestas y a la extrema izquierda de haberlas secuestrado (Infobae). Es una acusación que tiene fundamento: buena parte de estos movimientos se alimenta del discurso de la Francia Insumisa de Mélenchon, socio natural de la izquierda europea.

Hay otro dato que los gobiernos franceses han tardado años en reconocer. Tras los disturbios de 2023, que dejaron más de 3.000 detenidos, la misión de las inspecciones generales de Interior y de Justicia concluyó que los condenados eran mayoritariamente de nacionalidad francesa, pero descendientes de la inmigración, principalmente del Magreb y del África subsahariana, y que solo una mínima parte actuó por motivos políticos (Asamblea Nacional). La propia prefectura de policía de París llegó a la misma conclusión.

Todavía no hay datos oficiales sobre el perfil de los detenidos del 17 de octubre. Pero el precedente de 2023 obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué ha fallado en un modelo de integración en el que la segunda y la tercera generación no sienten como propios los símbolos del país en el que han nacido? Francia lleva décadas aplicando políticas de inmigración e integración que la izquierda presentaba como modelo. Hoy recoge sus frutos, y los recoge en forma de estatuas profanadas y ayuntamientos en llamas.

La pregunta que debemos hacernos en España

España no es Francia, pero no somos inmunes. Las mismas ideas, las mismas políticas y los mismos discursos que han conducido a Francia hasta aquí son los que defienden hoy el Gobierno y sus socios: fronteras sin control efectivo, renuncia a exigir integración y desprecio sistemático por nuestros símbolos y nuestra historia.

Pensemos en lo que para nosotros significan la Puerta de Alcalá, la Cibeles, la estatua de Don Pelayo en Covadonga, la de Isabel la Católica o la de Cristóbal Colón. ¿Queremos verlas cubiertas con banderas ajenas, mientras arden nuestros ayuntamientos y la policía se ve desbordada en nuestras calles?

Si la respuesta es no, el 29 de noviembre tenemos la oportunidad de decirlo. No se puede seguir confiando el futuro de España a quienes han importado el modelo que hoy incendia Francia. La izquierda ha demostrado que no va a frenar este deterioro, porque forma parte de su proyecto. La alternativa está en el centro derecha: el 29N, vota al Partido Popular o a VOX. Vota para que España siga siendo España, y para que nuestros símbolos sigan en pie, con la cabeza descubierta y bajo nuestra bandera.

Dra. Elena Ramallo


Autor: Elena Ramallo | Artículos - Linkedin de Elena Ramallo - Twitter
Doctora en Derecho e Investigadora en Inteligencia Artificial aplicada a la Justicia. Docente y comunicadora especializada en Derechos Humanos, especialmente en la protección de las mujeres y menores. Web personal: elenaramallo.es

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