Me preocupa la normalización de la violencia política y el intento de justificarla cuando quienes la ejercen dicen actuar en defensa de determinadas causas.
En mi artículo, Los pasamontañas de Alberto y Santiago, recurro al episodio histórico del motín de Esquilache para recordar que ocultar el rostro ha estado tradicionalmente asociado a la posibilidad de actuar impunemente y dificultar la identificación de quienes cometen actos violentos.
Las imágenes de los disturbios y de personas encapuchadas en Barcelona y Bilbao me llevan a reflexionar sobre la organización de determinados grupos, los saqueos, los incendios y los daños ocasionados a comercios y bienes públicos. Considero especialmente preocupante que la violencia pueda presentarse como una respuesta legítima frente a quienes piensan de manera diferente.
También cuestiono el relato que atribuye a Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal la responsabilidad de organizar o instigar estos episodios. Me resulta difícil aceptar que se responsabilice de los actos violentos a quienes, precisamente, han denunciado públicamente la violencia política. A mi juicio, esa acusación desvía la atención de los autores materiales y de quienes puedan estar detrás de los actos.
La intimidación y la coacción no son instrumentos legítimos de participación democrática, con independencia de la ideología de quienes las practiquen. La discrepancia política debe expresarse mediante argumentos, debate y participación ciudadana, nunca mediante amenazas, agresiones o destrucción.
Mi reflexión final es clara: una democracia no puede acostumbrarse a la violencia ni aplicar criterios distintos según quién la ejerza. La libertad, el pluralismo y el respeto a las reglas democráticas exigen rechazar cualquier forma de intimidación política.
Los pasamontañas de Alberto y Santiago
«Allá por 1766 se lio la mundial en Madrid cuando el marqués de Esquilache decidió prohibir el uso de la capa larga y el chambergo, un sombrero de ala ancha que ocultaba semblantes y favorecía tropelías»…




