Se cuenta en los mentideros de toda la Villa y Corte que es España, una anécdota centrada en la boda de la hija de una noble nobilísima y de un heredero de mil dinastías. Dicen que la madre del novio rompió a llorar en el primer banco de la iglesia. La noble nobilísima no solo no le prestó un pañuelo de seda de morera bordada para enjugarse las lágrimas, sino que le afeó su falta de contención: «A las bodas se viene llorada de casa». El supuesto hecho habría acontecido en el siglo pasado, aunque, en realidad, parece que hayan transcurrido milenios. Han cambiado demasiadas cosas y, en cuestión de madurez social, más que un cambio, ha significado una involución.
La muestra la tenemos a golpe de mando a distancia o de clic en cualquier red social. En el acto del PSOE en Fuenlabrada, celebrado el pasado fin de semana, observamos cómo el presidente del Gobierno reafirmaba su amor incondicional por su esposa, protagonizando su propia película de esas tardes en las que se duda si echar una siesta de pijama y orinal o sentarse frente a la televisión.
Habló de persecuciones, de deseos de ruptura por parte de sus enemigos. Dos minutos de maltitol, que harían sonrojar a la mayor seguidora de las telenovelas turcas y llevarían sus niveles de glucosa hasta cotas preocupantes. Sin embargo, el efecto en el recinto, pese al pasmo de muchos que lo vimos en diferido, desencadenó gritos de júbilo, aplausos, miradas devotas y rubor admirativo.
¿Cómo habíamos podido llegar a esto? ¿Cómo asumir que una parte de los españoles desean asistir a una demostración en vivo de pornografía emocional?
Crecí viendo en la televisión a tipos muy serios que gobernaban sin emociones de culebrón, y cuyo único fin era la cuadratura del círculo económico. Y eso marca el carácter. Me supera la exhibición gratuita de todo aquello que debería permanecer en la intimidad. ¿Alguien se imagina a Adolfo Suárez vendiendo su vida personal en un mitin?
A no ser, claro, que el objetivo no sea más que desnudarse sentimentalmente en público para conectar con un público ávido de redención y, sobre todo, de justificación de su voto. El líder supremo ama, su historia es impermeable a los ataques maquiavélicos, Él es el Elegido.
El asunto más preocupante que subyace bajo esa reacción es la infantilización de una buena parte de la sociedad española. También de la europea. Si a esa infantilización sumamos la banalización de la política y sus fines, y añadimos la decadencia educativa sufrida en las últimas décadas, el cóctel no es explosivo, sino letal. Sus efectos son extremadamente perniciosos, pues suponen la destrucción de la razón por un sentimentalismo barato vendido al peso. Y en la política comunicativa también existen límites, o deberían existir.
Todavía no sabemos si esta reacción desmedida de los fieles que vitoreaban de pie, al ver a Pedro Sánchez besando a su mujer, será compartida por la mayoría social. En X, desde luego, no. Memes, cachondeo y rock & roll para burlarse de un gesto teatral, desenmascarado con solo ralentizar las imágenes del vídeo y observar con una lupa de medio aumento. El lema «La fuerza del amor», que el Partido Socialista unió a la foto del beso para subirla a la red social, fue replicado con inmediatez e ingenio. Y eso, en comunicación, es un error fundamental: las grandes frases no deben dar pie al cachondeo malévolo de miles de tuiteros; eso es perder. El ridículo nunca es una opción.
En cualquier caso, y estando ya inmersos en la campaña más larga de la historia, que comenzó en julio de 2023, parece más bien un movimiento para desviar el foco del escándalo diario hacia un tema que, de inicio, en una sociedad líquida, debería triunfar. Pero no siempre es así; de hecho, no es el único ejemplo de líder político que expone, sin pudor alguno, sus sentimientos. Las lágrimas no hacen mejor al político, tampoco lo humanizan per se y los resultados electorales logrados no son siempre los previstos tras esos momentos de exhibición impúdica. Al frente de un gobierno, desde una alcaldía en un pueblo pequeño a la presidencia del Gobierno nacional, pasando por gobiernos autonómicos, la sociedad civil precisa una persona fuerte y decidida. Por ejemplo, ante un problema, ¿a quién preferiríamos tener a nuestro lado, a Reacher o a los infantes de Carrión? Pues eso vale para todo.
El tiempo dirá si el amor no solo mueve montañas sino también votos, pero,
mientras tanto, exclamemos con júbilo y al unísono mientras cerramos el ataúd de Kant: «Begoña, ¡te quiero!»




