Cada verano, el monte, con los incendios forestales vuelve a ocupar titulares y a provocar una profunda preocupación en toda España. Las llamas destruyen miles de hectáreas, arrasan ecosistemas, ponen en peligro viviendas y vidas humanas y dejan tras de sí un paisaje desolador. Ante esta realidad, es frecuente señalar únicamente al calor extremo, la sequía o el cambio climático como responsables de una tragedia que, sin duda, tiene múltiples causas. Pero reducir el problema exclusivamente a la meteorología significa ignorar una parte esencial de la cuestión.
El estado de nuestros montes, la gestión forestal, la limpieza de la vegetación, la prevención, el mantenimiento de cortafuegos y la actuación de las administraciones son factores determinantes para evitar que un incendio termine convirtiéndose en una catástrofe. Un territorio abandonado, con una creciente acumulación de biomasa y una gestión insuficiente, ofrece unas condiciones especialmente favorables para que el fuego avance con enorme rapidez y virulencia.
El debate, por tanto, no debería limitarse a buscar culpables en el clima. También es necesario analizar las decisiones políticas, las leyes que regulan el territorio y las políticas de prevención que se aplican —o que no se aplican— durante todo el año. La protección del medio ambiente debe ser compatible con una gestión eficaz y realista del territorio, que permita mantener los montes cuidados, vivos y preparados frente al riesgo de incendio.
Porque cuando llega el verano, ya suele ser demasiado tarde para improvisar. La prevención se construye durante todo el año. Y ante una tragedia recurrente, la sociedad tiene derecho a exigir a sus responsables políticos algo más que declaraciones, promesas y demagogia: necesita planificación, gestión, recursos y decisiones eficaces.
El monte no arde solo por el clima. Arde por las malas leyes y los políticos demagógicos
Cada verano asistimos al mismo guion. Miles de hectáreas calcinadas, agricultores y ganaderos arruinados, pueblos amenazados y un mensaje que se repite como un dogma: la culpa es del cambio climático…




