Ha terminado el verano. Ya no habrá más puestas de sol en la playa, ni atardeceres en los senderos de montaña, la mayoría volvemos a nuestros quehaceres en la ciudad, aunque con el firme propósito de regresar al campo en cuanto sea posible.
Abro el cuaderno de espiral que utilizo siempre para escribir y dejo que mi boli azul se deslice por sus hojas, con el especial placer de saber que ninguna inteligencia artificial podrá usarlo jamás.
Es verdad que luego habrá de llevarse el texto al teclado, pero nadie puede impedir que los escritores sigamos escribiendo de nuestro puño y letra.
Ahora, terminado el período de vacaciones, debemos enfrentarnos a las realidades que quedaron aparcadas en verano.
No faltan los titulares resonantes que nos proporciona siempre la corrupción desbocada, la invasión de Ceuta, consentida por el gobierno, la amenaza de Puigdemont, dueño de los resortes de la coalición actual o las incidencias en los trenes, sin embargo, yo quiero reflexionar sobre algo que no ha tenido demasiada repercusión en España pero que es de gran relevancia porque supone un cambio de paradigma.
Me refiero al desastre de Mecklemburgo – Pomerania Occidental. En las elecciones del pasado día 21, la CDU, el partido equivalente al de Feijoo en España, ha cosechado la mayor derrota de su historia.
Los democristianos, han obtenido tan sólo el 4,9% de los votos, quedando fuera del parlamento de este Land.
El partido que llaman de ultraderecha, AfD, ha obtenido un respaldo del 38%. En Alemania, votación tras votación se ha puesto de manifiesto el desgaste de los dos grandes partidos, hasta ahora hegemónicos, CDU y SPD, (Partido popular y PSOE).
Los votantes, en busca de verdaderas reformas, se decantan en toda Europa por otras opciones.
Se pueden buscar culpables, sacrificar a Merz o clamar contra la polarización, pero lo cierto es que la negativa a negociar con AfD, está liquidando la CDU.
La vuelta del verano es buen momento para que esa derecha, ecléctica, relativista y de valores líquidos que pacta con el partido socialista en el Parlamento Europeo, se pregunte si no va en todas partes, camino de Mecklemburgo.




