La Transición española del franquismo a la democracia se hizo de la Ley a la Ley. Sin ruptura alguna. Ambas partes, los herederos de los que habían ganado la guerra y los herederos de quienes la habían perdido, entendimos que no procedía volver a las andadas. A fin de cuentas, la España de Franco de 1975 había experimentado un desarrollo económico y político muy superior al de las naciones que habían implantado el comunismo (Rumania, Bulgaria, Hungría, Polonia, Checoeslovaquia, República “Democrática” de Alemania, Yugoslavia, Estonia, Letonia y Lituania).
Cuando 14 años más tarde, en 1989, gracias a la apertura promovida por Gorbachov, pudieron retornar a la democracia, lo hicieron desde una situación económica y política muy inferior a la de España en 1975.
Por ello tras la muerte de Franco, el sentido común de los políticos y del pueblo, llevó a apoyar al rey nombrado por Franco, y a refrendar en dos elecciones consecutivas al Primer Ministro (después llamado presidente) Adolfo Suárez, que había sido el último Secretario General del Movimiento.
Izquierda y derecha fueron muy comprensivos, entendieron que el eje de la Transición era la Reconciliación. Sobre ese fundamento empezó su andadura la España democrática, con sus aciertos y sus errores.
Felipe González remató ese proceso modificando los Estatutos del PSOE que, desde su fundación por Pablo Iglesias en 1879, se declaraba marxista revolucionario y de hecho lo era. Recordemos que, en la Segunda República, Largo Caballero e Indalecio Prieto reiteraron su fundamentalismo marxista revolucionario y lo llevaron a la práctica intentando dar el fallido golpe de Estado en Asturias, que ocasionó 1500 víctimas.
En esa época, el marxismo no era una mera teoría. Ya se había hecho realidad en Rusia donde Lenin, en 1917, tuvo éxito en su golpe armado que derribó al gobierno provisional democrático de Kerenksy, el cual había derrocado al zar a principios de ese año. Por si fuera poco, durante la época de nuestra Segunda República, quien tenía todo el poder en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, era el “padrecito” Stalin, cuyas actuaciones dictatoriales y criminales, habían remachado y dejado bien claro adonde llevaba el marxismo y qué significaba la dictadura del proletariado.
Pues bien, Felipe González supo, en 1979, cien años después de la fundación del PSOE, insistir en que había que eliminar el marxismo de los Estatutos del Partido y le hicieron caso. Sin embargo, el marxismo, esa ideología, que se ignora por la mayor parte de los socialistas, había penetrado y siguió haciéndolo, en la cultura y en los medios, aunque aún estaba presente el Muro de Berlín y la temible URSS, cuyo poder se extendía por casi un tercio de la superficie terrestre.
La derecha estuvo pacata porque también desconocía lo que era el marxismo, y de esto algo de culpa tuvo Franco. Aun hoy, en 2026, parece que lo sigue estando. Se amilana cuando la tildan de franquista o fascista en lugar de contraatacar y decirles, a quienes la asustan, lo siguiente: “¿Quieren Uds. decir que repudian más al franquismo que al marxismo?” Hay que tener claridad y firmeza. La derecha, y todo demócrata, debería, sin temor alguno, decirle a la izquierda que no ha habido ideología más criminal que el marxismo. Los treinta regímenes comunistas, que en el mundo ha habido hasta hoy, han causado 110 millones de víctimas, muchísimas más de las que produjo incluso el criminal régimen nazi.
Lo malo es que, ante el silencio de los demócratas, la izquierda radical y progre se creció y aprobó la Ley de Memoria Histórica en 2007, hoy retitulada, desde 2022, como Ley de Memoria Democrática. Ambas se cargaron la voluntad de Reconciliación de la inmensa mayoría del pueblo español. No hay más remedio que derogar esa antidemocrática ley ya que ensalza al marxismo y el gobierno que España necesita deberá hacerlo tan pronto llegue al Poder, pero mientras tanto deben derogarse las leyes autonómicas de Memoria Histórica.
Sin embargo, el Presidente de la Junta de Andalucía, el Sr. Moreno Bonilla, que lleva ya siete años en el Poder, se ha negado a hacerlo. Es un gran error. Sería bueno que los andaluces se lo echen en cara ante las próximas elecciones autonómicas. Es obvio que si obtiene mayoría absoluta seguirá dejando en el olvido el espíritu de Reconciliación con el que apoyamos la Transición y votamos la Constitución.



