Hay declaraciones que uno escucha y necesita un momento. No para reflexionar, sino para asegurarse de que ha oído bien, de que el audio no está corrompido, de que no ha habido un error de transmisión entre el cerebro del emisor y las cuerdas vocales. Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, hombre del Partido Popular, gobernante de la comunidad que padeció durante cuatro décadas ininterrumpidas la hegemonía socialista y que alberga el mayor caso de corrupción política de la democracia española, ha salido públicamente a declarar que admira al PSOE. Que lo necesitamos. Que ese PSOE de antes, sensato y constitucional, le producía respeto. Que está triste porque ya no existe.
Juanma está triste. Tomemos nota.
La pregunta que corresponde hacerle, con toda la calma del mundo, es cuál de los PSOE echa de menos exactamente. Porque el partido tiene una historia rica, variada, y documentada con una generosidad que haría las delicias de cualquier fiscal europeo. Empecemos por el principio.
Durante los gobiernos de Felipe González, entre 1983 y 1987, una organización parapolicial llamada Grupos Antiterroristas de Liberación —los GAL— asesinó a 27 personas financiada con dinero público del Ministerio del Interior. El Tribunal Supremo condenó por estos hechos al ministro del Interior, José Barrionuevo, al Secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera, y a varios altos cargos por secuestro y malversación. Nueve de las víctimas de los GAL no tenían ninguna relación con ETA. El propio juez Baltasar Garzón apuntó al presidente González como la «X» en la cúspide de la organización. Cuando Barrionuevo y Vera salieron de la cárcel, González organizó un autobús de militantes para recibirlos en la puerta. Un detalle de partido.
¿Es ese el PSOE que Moreno admira? ¿El del terrorismo de Estado con fondos públicos, el de los cadáveres enterrados en cal viva en el monte, el de los tiros en la nuca a ciudadanos confundidos con terroristas? ¿Ese partido sensato y constitucional que echamos tanto de menos?
Quizás no. Quizás Moreno se refiere al PSOE posterior, el de la corrupción más clásica y presupuestaria. El mismo Felipe González acumuló en sus trece años de gobierno un catálogo de escándalos que incluye el caso Filesa, el caso Juan Guerra, el caso Roldán, y los fondos reservados del CESID, que resultó estar espiando a periodistas, políticos y empresarios españoles con dinero del Estado. Un aparato del Estado democrático empleado en la vigilancia de los propios ciudadanos que se supone debía proteger. Lo clásico.
¿O quizás Moreno se refiere al PSOE andaluz, el que gobernó su propia comunidad durante treinta y siete años? Ese es especialmente interesante, porque fue en Andalucía, bajo la atenta mirada del hoy nostálgico presidente de la Junta, donde ocurrió lo que el Tribunal Supremo calificó como el mayor caso de corrupción política de la democracia española. Los ERE. Seiscientos ochenta millones de euros de dinero público desviados durante una década a través de un sistema diseñado expresamente para esquivar los controles administrativos. La Audiencia de Sevilla condenó a diecinueve altos cargos de la Junta. Entre ellos, dos expresidentes del gobierno andaluz y del propio PSOE nacional: Manuel Chaves, inhabilitado nueve años, y José Antonio Griñán, condenado a seis años de prisión. Dos hombres que habían presidido el partido que se lleva cien años de honradez en el nombre.
Moreno llegó al poder en Andalucía precisamente porque los andaluces, después de casi cuatro décadas, decidieron que ya habían tenido suficiente de ese PSOE sensato y constitucional que él ahora recuerda con emoción. Si tanto le gustaba, era una opción quedarse en la oposición.
Pero hay más, porque el PSOE es generoso y la historia es larga. La etapa actual de Pedro Sánchez ha producido, en una densidad sin precedentes, una colección de causas judiciales que incluye al exministro Ábalos y su asesor Koldo en el Supremo por presunta corrupción en contratos de mascarillas; al hermano del presidente, David Sánchez, acusado de prevaricación, malversación y tráfico de influencias por una contratación irregular en la Diputación de Badajoz donde cobra un sueldo sin que nadie identifique con precisión en qué consiste su trabajo; a la mujer del presidente, Begoña Gómez, investigada por presunta corrupción en contratos públicos; al exsecretario de Organización Santos Cerdán, también dimitido entre sombras; al exfiscal general del Estado ya condenado. Una constelación judicial de tal densidad que el propio partido ha necesitado reformar el Código Penal en tiempo récord para adaptarlo a las circunstancias de sus propios dirigentes.
Y como corona de este edificio admirable, el Sánchez que Moreno echa de menos es el mismo que recibe las felicitaciones de Hamás tras cualquier pronunciamiento favorable, el mismo al que Venezuela y la dictadura de Irán envían mensajes de apoyo y aliento. Cuando los grandes demócratas del mundo se ponen de tu lado, algo se está haciendo bien o algo muy distinto se está haciendo.
Moreno dice que ese PSOE podría llegar a acuerdos con el PP en muchos campos. Es posible. En España hay una larga tradición de pactos bipartidistas que incluye, entre sus logros más celebrados, el indulto de los condenados por los GAL concedido por el gobierno del PP de Aznar tres meses después de salir de la cárcel. Los pactos entre caballeros tienen su propia estética.
Lo que resulta difícil de entender no es que Moreno prefiera una oposición leal a la que tiene. Eso es comprensible. Lo que resulta difícil es que lo haga con esa melancolía casi hagiográfica, como si el PSOE fuera una institución que ha extraviado momentáneamente el camino en lugar de un partido con un historial criminal, judicial y moral que ningún dirigente del PP debería reivindicar sin antes explicar a qué página exactamente del historial se refiere.
¿Al PSOE de los GAL? ¿Al de los ERE? ¿Al de los fondos reservados? ¿Al de Begoña Gómez? ¿Al que recibe felicitaciones de Hamás?
Hay muchos PSOE entre los que elegir, Juanma. El problema es que todos son el mismo.
Bonus track: El PSOE del Vita
Aunque quizás Juanma Moreno, en su elegía al socialismo que admira y ya no existe, se refiere a un PSOE aún más antiguo. El PSOE de toda la vida. El de los orígenes. El de la República.
En marzo de 1939, con la guerra ya perdida, el presidente Juan Negrín ordenó cargar en el yate Vita joyas incautadas del Banco de España y del Monte de Piedad de Madrid, oro, plata, reliquias de la catedral de Toledo y una edición única de El Quijote. El tesoro del Estado español — valorado por el propio Negrín en unos 40 millones de dólares de la época, aunque algunos lo elevan a 300 — zarpó rumbo a México en un barco de recreo de 62 metros de eslora, con escala en Southampton y maniobras de evasión para evitar ser interceptado por la armada británica. Nota: esos 300 millones de dólares de la época equivalen a 7.000 millones de euros, casi 12 veces la estafa de los ERES en una sola operación, o mejor dicho, golpe.
Una vez llegado a Tampico, Indalecio Prieto, presidente del PSOE en el exilio, maniobró con la agilidad que siempre distinguió al partido para hacerse con el control del tesoro mediante la JARE, su propia organización de ayuda a los refugiados, apartando a Negrín y a los comunistas. El cargamento fue trasladado en tren militar a Ciudad de México, donde se instaló un laboratorio en la avenida Michoacán para fundir y revender las piezas. Las joyas del Monte de Piedad de Madrid aparecieron décadas después en el fondo de un volcán extinto. El yate acabó vendido al gobierno de Estados Unidos por 140.000 dólares. El tesoro, en su mayor parte, en paradero desafortunadamente conocido: los bolsillos de los de siempre.
El partido que organizó esa operación lleva desde entonces cien años de honradez en el nombre. Y Juanma Moreno lo echa de menos.




