Renovables sí. Mordazas, no.
Hay algo que empieza a oler raro en esto de la transición energética. Nos la venden como progreso inevitable y cualquiera que levante la mano para preguntar ya parece sospechoso. Pero lo que está pasando en Jaén no va solo de placas solares. Va de poder. Y, sobre todo, de silencios incómodos.
Porque cuando una empresa manda burofaxes a quienes critican sus megaproyectos, el mensaje es bastante claro: no hables o atente a las consecuencias. Y eso no es energía verde; eso es presión de toda la vida, con barniz no tóxico.
Aquí nadie discute que las renovables sean necesarias. Porque una cosa es apostar por energía limpia y otra muy distinta es convertir medio campo en un polígono industrial mientras al agricultor le dicen que es un retrógrado por protestar. Al final, el relato oficial viene a ser este: si estás a favor, eres moderno; si dudas, estorbas.
Y ya está bien de ese chantaje moral.
Legislar de espaldas al surco
La sensación en muchos pueblos es que las decisiones se toman lejos, muy lejos. En despachos, en informes técnicos que casi nadie entiende y en procedimientos administrativos que parecen diseñados para que el ciudadano llegue tarde y mal. Luego llegan las máquinas, las promesas de empleo que casi nunca cuajan y la impresión de que el territorio solo cuenta cuando hay que poner el suelo.
Mientras tanto, desde ciertos discursos políticos se repite que todo esto es por el bien común. ¿El bien común debe coincidir siempre con los intereses de grandes operadores y rara vez con la voz de quienes viven allí?
Olivar arrancado, relato intacto
En Jaén no hablamos de terreno vacío ni de secarral sin historia. Hablamos de olivares. De miles de árboles que no son solo cultivo, sino identidad, economía familiar y paisaje. Aquí cada olivo tiene detrás generaciones enteras que han levantado pueblos con sus manos. Y ahora resulta que todo eso se puede sustituir por placas solares mientras desde un despacho te explican que es por el bien del planeta.
El problema no es la energía limpia; el problema es cuando el olivar se convierte en una simple casilla en un mapa de inversión. Porque para quien vive del campo, arrancar olivos no es una cifra en un informe: es perder raíces, empleo y forma de vida. Si protestas, eres un negacionista verde; si callas, eres un ciudadano responsable.
Pero el olivar no es un decorado sacrificable para que cuadren balances energéticos. Es territorio vivo. Y si la transición energética pasa por convertir el mar de olivos en un mar de placas mientras se intenta silenciar a quien levanta la voz, entonces no estamos ante progreso: estamos ante una transformación impuesta a costa del sufrimiento de otros.
La nueva mordaza “verde”
Lo preocupante no es que haya conflicto —eso es normal en Democracia—, lo preocupante es cómo se gestiona. Si la respuesta a la crítica es judicializarla o intentar enfriarla a golpe de advertencia legal, el mensaje que se lanza es devastador: mejor no te metas en líos.
Y así, poco a poco, el debate público se vuelve más estrecho. No porque falten argumentos, sino porque sobra miedo a las consecuencias.
Esto ya lo hemos visto antes en otros ámbitos: primero te dicen que exageras, luego que desinformas y al final que te calles por si acaso. La diferencia es que ahora todo viene envuelto en palabras bonitas como “sostenibilidad”, “transición” o “neutralidad climática”. Pero el fondo sigue siendo el mismo de siempre: quien tiene músculo jurídico marca el ritmo.
No es solo energía
Lo que está en juego no es si habrá más o menos placas solares. Lo que está en juego es si el campo puede decir “oye, esto así no” sin que lo miren como a un enemigo del progreso. Porque si la transición energética necesita callar voces para avanzar, entonces no estamos ante una transición; estamos ante una imposición.
Y conviene decirlo claro: democracia no es aplaudir todo lo que venga con etiqueta verde. Democracia es discutirlo, cuestionarlo y, si hace falta, plantarse.
Porque cuando las placas avanzan y las voces retroceden, la energía puede ser limpia… pero el debate deja de ser libre.
Un país que arranca olivos mientras intenta callar a quienes protestan no está plantando futuro: está talando su propia libertad.




