Hay una modalidad de la estupidez que es particularmente difícil de combatir porque viene disfrazada de dignidad herida, de memoria histórica, de reparación moral. Es la estupidez solemne, la que se pavonea ante las cámaras con el ceño fruncido y los puños apretados exigiendo que otros pidan perdón por crímenes que no cometieron a víctimas que llevan cinco siglos muertas. México lleva años cultivando con esmero esta especialidad.
El presidente López Obrador lo inauguró con elegancia tercermundista enviando una carta al rey de España para exigir disculpas por la Conquista. Le siguieron sus herederos ideológicos, sus ministros, sus diputados, sus intelectuales de cabecera. Todos ellos, conviene observarlo con la atención que merece el detalle, con apellidos como Rodríguez, González, Fernández, García, López. Apellidos, claro está, traídos en las carabelas de Colón. Apellidos de aquellos conquistadores cuya memoria exigen ahora que España condene con arrepentimiento público y lágrimas televisadas.
La paradoja es tan perfecta que uno sospecha que hay una trampa, que en algún momento alguien va a soltar la carcajada y a confesar que todo ha sido una broma de alto nivel conceptual. Pero no. Van en serio. El señor López, nieto de españoles, le exige a España que pida perdón por haber creado al señor López. Es como si alguien demandara disculpas al hospital donde nació por el traumatismo del parto.
Porque conviene no olvidarlo: la élite política mexicana que exige este perdón es, en su aplastante mayoría, descendiente directa de los conquistadores. No de los mayas que construían pirámides ni de los aztecas que practicaban el sacrificio humano en cantidades que habrían puesto nervioso al propio Tamerlán, sino de los europeos que cruzaron el Atlántico y mezclaron su sangre con la de los pueblos originarios para crear la nación mestiza que hoy gobierna México. Son los más beneficiados de la operación histórica que condenan. Son, en el sentido más literal del término, el producto del éxito de la Conquista.
Si el razonamiento que esgrimen fuera consistente, tendrían la obligación moral de pedirse perdón a sí mismos antes de exigírselo a nadie. Y después de eso, tendrían que devolver sus apellidos, sus lenguas, sus universidades, su religión, su alfabeto, su derecho y su arquitectura, porque todo eso llegó en los mismos barcos que ahora maldicen.
Pero aceptemos la premisa por un momento. Aceptemos que tiene sentido pedir disculpas colectivas y retroactivas por lo que hicieron los antepasados hace cinco siglos. Si esa es la regla del juego, habrá que aplicarla con la misma vara para todos. Los turcos deberían pedir perdón a los griegos, a los armenios, a los árabes y a buena parte del Mediterráneo oriental. Los árabes tendrían que disculparse con los persas, los bereberes y los coptos. Los mongoles con media Asia y media Europa. Los aztecas, si hubieran sobrevivido en forma de Estado, habrían tenido que pedir perdón a los tlaxcaltecas, a los totonacas y a las decenas de pueblos que tributaban a Tenochtitlán bajo amenaza de terminar con el corazón en una piedra de sacrificios. La historia humana es una sucesión ininterrumpida de conquistas, y el único pueblo que puede reclamar inocencia completa es el que no ha existido.
Pero hay más. Porque si hay que distribuir la culpa histórica de lo que le ha pasado a México, la contabilidad no sale precisamente desfavorable para España.
En 1800, según datos del economista John Coatsworth que nadie en México cita porque arruinaría el relato, el ingreso per cápita de Nueva España estaba más cerca del de Gran Bretaña y Estados Unidos que en ningún otro momento posterior de su historia. España entregó a México una de las ciudades más grandes y prósperas del hemisferio, la primera universidad de América, hospitales, códigos legales que —y esto es lo que los ideólogos del agravio nunca mencionan— incluían protecciones explícitas para los indígenas. Las Leyes de Burgos de 1512, las Leyes Nuevas de 1542. Imperfectas, violadas con frecuencia, pero existentes, cosa que no puede decir ningún otro Imperio colonial de la época. Y para colmo, quienes inclumplieron las leyes de protección de los indígenas, fueron castigados por la Corona española
¿Qué hicieron los demás? Inglaterra, ese faro de la civilización liberal que tanto admiran los progresistas mexicanos de hoy, ofreció su ayuda a la joven nación independiente de manera característica: en 1824, México contrató un préstamo con la casa Goldschmidt de Londres. La operación fue tan generosa que, de los 16 millones de pesos nominales, México recibió en efectivo 5,7 millones. Dicho de otro modo: Inglaterra prestaba un peso y México se comprometía a devolver siete. La deuda resultante asfixió al país durante décadas. Nadie en México exige a Londres una carta de disculpa.
Francia, por su parte, invadió México en 1862, impuso un emperador austriaco mediante la fuerza de las armas, saqueó el país y fue expulsada solo gracias a la tenacidad de Benito Juárez. Nadie en México organiza actos de desagravio frente a la Embajada francesa.
Y Estados Unidos, ese vecino benévolo, le robó en 1848 algo más de la mitad del territorio mexicano, 2,3 millones de kilómetros cuadrados que hoy se llaman California, Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado y Utah. El país que hoy le exige a España que se arrodille perdió Texas porque sus propios colonos anglosajones se rebelaron, perdió California porque el oro resultó demasiado tentador para Washington, y perdió el resto en una guerra que el propio Ulysses Grant, uno de sus generales, calificó décadas después como «la más injusta jamás librada por una nación poderosa contra una débil.» Nadie en México organiza marchas exigiendo una disculpa de Biden, ni de Trump, ni de nadie en Washington.
España, en cambio, construyó ciudades. Fundó universidades, la primera en 1551, cuando Harvard no existía ni como proyecto. Dotó de gramática escrita a lenguas indígenas que nunca la habían tenido. Mezcló su sangre con la de los pueblos originarios de manera sistemática y sin el horror racial que aplicaron los anglosajones al norte del río Grande, donde el mestizaje no era una política sino un tabú y el exterminó fue la solución preferida.
El agravio histórico selectivo tiene siempre la misma función: no reparar el pasado, que es imposible, sino construir un relato de victimismo permanente que exima al presente de responsabilidades propias. Mientras México exige a España que pida perdón por el siglo XVI, tiene el nivel de desigualdad más escandaloso de su historia, una violencia que iguala a sus ciudades con zonas de guerra y una clase política que lleva dos siglos saqueando el país con una eficacia que los conquistadores nunca alcanzaron.
Hernán Cortés entró en Tenochtitlán con quinientos hombres y aliados indígenas que odiaban el yugo azteca. Los herederos de quienes exigen hoy el perdón han necesitado dos siglos para llevar a México donde está. Ahí están los datos. Y el espejo.
Que España pida perdón. Faltaría más. Luego, quizás, los señores López, González y Fernández podrían explicarnos cómo se llaman en náhuatl.




