Durante años, la sanidad pública ha funcionado a base de parches y ha abusado de la entrega personal de sus profesionales. Se ha normalizado lo inaceptable: agendas imposibles, guardias eternas y plantillas insuficientes. La vocación ha sido utilizada como excusa para justificar la precariedad, como si el compromiso ético del médico pudiera sustituir indefinidamente a una gestión responsable.
A los médicos se les exige protestar sin molestar, reclamar sin incomodar y resistir sin romper nada. Ningún otro colectivo soporta una carga moral semejante. Incluso en huelga, mantienen servicios mínimos y buscan minimizar el daño al paciente. Esa responsabilidad, lejos de ser reconocida, se vuelve contra ellos como un arma arrojadiza para desacreditar sus demandas. «No hay juramento hipocrático que pueda sostener un sistema enfermo. Y ningún sistema sobrevive cuando ignora a quienes intentan curarlo.»
Reivindicar no es un privilegio, es un derecho; y estas reivindicaciones se hacen para intentar beneficiar a todos, puesto que reducir las reivindicaciones médicas a una cuestión salarial es una forma cómoda de deslegitimarlas. Es una injusticia desprestigiar una profesión tan importante y necesaria para nuestra vida cotidiana; y el maltrato que reciben los médicos, sin duda repercute en la ciudanía.
Lo que está en juego realmente es el tiempo por paciente, la seguridad clínica y la calidad asistencial. Defender condiciones laborales dignas no es un privilegio corporativo: es una exigencia mínima para que la sanidad no se convierta en una cadena de montaje deshumanizada.
Cuando los médicos protestan, no están poniendo en riesgo la sanidad pública: están intentando salvarla. La ciudadanía, en general, entiende el malestar médico porque lo sufre en primera persona: listas de espera interminables y atención apresurada. Sin embargo, el debate público suele desviarse hacia las molestias puntuales de la huelga, olvidando la pregunta esencial: ¿qué tipo de sanidad estamos dispuestos a aceptar si seguimos ignorando a quienes la sostienen?
El verdadero peligro que puede producirse es la normalización del colapso, la resignación ante un sistema que se degrada lentamente. Escuchar a los médicos no es ceder ante una presión, es asumir una responsabilidad política inaplazable. Porque una sanidad que maltrata a sus profesionales termina, inevitablemente, maltratando a sus pacientes. Y cuando el sistema caiga, no será por culpa de quienes avisaron, sino de quienes decidieron no escuchar. Estas reivindicaciones no se plantean únicamente en beneficio de los médicos, sino que se presentan como una defensa del derecho de los pacientes a una sanidad digna y eficaz.
El Ministerio de Sanidad se limita a elaborar un Estatuto Marco, cuya propuesta no contenta a nadie, y por otra parte las Comunidades autónomas reaccionan tarde y
mal. Anuncian mesas de negociación con los sindicatos cuando el conflicto ya es insostenible y ofrecen soluciones parciales que no atacan el fondo del problema.
Al parecer, se ha anunciado que las protestas van a continuar acompañadas de más días de huelga por parte del colectivo médico y las razones son bastante convincentes.
Da la impresión que la sanidad se gestiona a corto plazo, con lógica electoral y en connivencia con sindicatos afines al Gobierno y al Ministerio de Sanidad, y mientras el deterioro estructural continúa. Y esto se refleja por desgracia en las últimas negociaciones: Por el momento, se ha producido una ruptura sindical, ya que al parecer los sindicatos médicos se desmarcan de las negociaciones colectivas de sindicatos clásicos; y al efecto, se ha producido una fractura sindical con base jurídica.
De un lado, la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM) o el Sindicato Médico Andaluz han decidido no respaldar acuerdos firmados por los sindicatos generalistas, fundamentalmente CCOO y UGT y CSIF; mientras Organizaciones como la CESM exigen que se escuche a los profesionales: Los médicos piden un Estatuto Marco que sea específico, es decir, que quede al margen de acuerdos generalistas, algo que hasta ahora, con el presente acuerdo se continúa ignorando la singularidad de la profesión médica: jornadas extensas, guardias largas y alta responsabilidad clínica y legal.
Denuncian que los sindicatos clásicos priorizan una visión global del empleo público, dejando de lado las demandas específicas del colectivo médico, y estas condiciones no solo son insuficientemente remuneradas, sino que podrían vulnerar normas de jornada laboral y seguridad.
En conjunto, estas razones y un déficit de representación real de los médicos en las mesas de negociación explican el distanciamiento entre los sindicatos médicos y el sindicalismo clásico a la hora de la firma de acuerdos, los cuales son considerados por los médicos como poco ambiciosos y alejados de realidad y sostenibilidad del sistema sanitario.
El resultado es un sistema cada vez más frágil que empuja a muchos profesionales a marcharse o a quemarse; sin duda, favorece la fuga de profesionales hacia el sector privado o el extranjero.
En definitiva, como la dulce Cassandra, los médicos y los sindicatos profesionales advierten de la caída de Troya mientras nadie los quiere escuchar. Mientras se ofrece pan y circo en forma de parches políticos, la sanidad se vacía por dentro. Y cuando el espectáculo termine, no será por culpa de quienes intentaron salvar el sistema, sino de quienes decidieron ignorarlos.




