Hay una teoría reconfortante sobre Pedro Sánchez que conviene descartar cuanto antes: la de que es un genio maquiavélico, un ajedrecista que mueve las piezas con varios movimientos de antelación. Es reconfortante porque, si fuera cierta, al menos tendríamos al frente del país a alguien competente, aunque fuera competente para el mal. La realidad que se desprende de los sumarios es bastante más inquietante. No tenemos a un genio. Tenemos a un señor que, según su propio relato, no se entera de nada.
Repasemos su currículum de desconocimiento, que es vasto y conmovedor. De su hermano, colocado en la Diputación de Badajoz en una plaza que —casualidades de la función pública— parecía diseñada con su nombre y apellidos, no sabía nada: persecución. De los negocios de su esposa, hoy imputada, no sabía nada: persecución. De José Luis Ábalos, su ministro de Transportes, su mano derecha durante años, su hombre para todo, hoy en prisión y con un anecdotario de hoteles y paradores que daría para una serie de sobremesa, no sabía nada: le sorprendió enormemente. De Santos Cerdán, secretario de Organización del partido —es decir, el cargo que literalmente consiste en saberlo todo de todos—, también en prisión, no sabía nada. Y ahora, del último episodio, tampoco.
El último episodio merece detenerse. El juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional, levantó la pasada semana el secreto parcial del sumario del llamado caso Leire, después de que la UCO de la Guardia Civil entrara en la sede del PSOE en Ferraz y permaneciera allí cerca de doce horas, lo cual para un partido centenario debe de ser una experiencia novedosa, casi turística. Según el auto del magistrado, existiría una estructura —financiada con fondos del propio partido, al menos 188.000 euros— dedicada a presionar a cargos judiciales y policiales para torpedear las investigaciones que afectaban al PSOE y al entorno del presidente. Coordinada por Leire Díez, la fontanera. Liderada, presuntamente, por Santos Cerdán. Con Cerdán poniendo a disposición de la trama, dice el juez, la estructura del partido: su personal, sus dependencias, su logística.
El detalle que ningún guionista se atrevería a escribir: el juez sitúa el punto de inflexión de toda esta actividad en una reunión en Ferraz el 26 de abril de 2024. Dos días después de que Sánchez publicara aquella carta a la ciudadanía anunciando que se retiraba unos días a «reflexionar» tras la imputación de su mujer. Mientras el presidente reflexionaba sobre si merecía la pena seguir, en su casa, en su partido, se ponía en marcha —siempre según el juez— el operativo. Y él no sabía nada. Reflexionaba. La reflexión, ya se sabe, es una actividad solitaria.
Y aquí es donde el relato del desconocimiento empieza a hacer aguas no por inverosímil, sino por algo peor: por sus implicaciones. Porque solo hay dos posibilidades, y ninguna es buena. La primera es que mintiera, que lo supiera, y entonces estamos ante un problema penal y debería marcharse. La segunda —la que él defiende con una insistencia casi heroica— es que efectivamente no supiera nada. Pero pensemos qué significa eso. Significa que el presidente del Gobierno nombró personalmente a sus dos últimos secretarios de Organización, Ábalos y Cerdán, las dos personas que de verdad manejan el partido, los hombres que conocen cada lista, cada acta, cada teléfono. Los eligió él. Eran de su máxima confianza. Y ambos acabaron en prisión sin que él notara absolutamente nada. La gerente del PSOE, también investigada. Registros en la sede. Y él, en su despacho, ajeno, como el último vecino en enterarse de que en el bajo de su edificio funcionaba un club nocturno.
O dirige una organización delictiva, o dirige —sin enterarse— una organización que resultó ser delictiva en sus puestos clave, todos ellos cubiertos a dedo por él. La diferencia entre el villano y el primo del villano es, electoralmente, importante. Pero administrativamente da igual: en ambos casos, el resultado es que Pedro Sánchez no puede estar al frente del país.
La guinda llegó esta misma semana con la directora de la Guardia Civil, Mercedes González. Durante días, el ministro del Interior, Grande-Marlaska, negó tajantemente que González hubiera tenido reunión alguna con Leire Díez. Ninguna, de ningún tipo, dijo. Hasta que el jueves por la noche, en un comunicado emitido a esa hora discreta que las administraciones reservan para las verdades incómodas, Interior reconoció que sí, que hubo dos o tres encuentros, aunque —matiz fundamental— sin contenido relevante. Primero se niega lo innegable; cuando se vuelve insostenible, se admite reduciéndolo a un café entre conocidos. Es el método. El problema del método es que solo funciona la primera vez. A la quincuagésima, hasta el votante más leal empieza a sospechar que la sorpresa permanente del presidente no es inocencia, sino estrategia. O, peor todavía, que es sincera.
Porque esa es la pregunta que la oposición debería formular sin adornos, todos los días, a la misma hora: ¿usted lo sabía? Si la respuesta es sí, váyase por corrupto. Si es no, váyase por incapaz. No hay una tercera puerta. Lo que no puede ser es que el cargo más poderoso de España sea, a la vez, el ciudadano peor informado de España. Que el hombre que tiene acceso al CNI, a todos los ministerios, a cada resorte del Estado, sea incapaz de saber lo que ocurría en su propia casa, con su propia gente, pagado con el dinero de su propio partido.
Hubo una época en que los pueblos tenían un personaje al que todos conocían y al que nadie tomaba en serio, aquel del que se decía, con más cariño que crueldad, que era el último en enterarse de todo. Lo dejaban estar, le seguían la corriente, le encargaban tareas inofensivas. Lo que ningún pueblo hizo jamás, por sentido común elemental, fue ponerlo a gobernar. Nosotros sí. Y lo más asombroso no es que ocurriera. Es que, llegados a este punto, ya casi nadie se sorprende. Solo él. Él se sorprende siempre.
En estos momentos parece que estamos ante los estertores del sanchismo y la verdadera Prioridad Nacional es librarse de él como sea.