La vaca, la canción y el «no quiero líos»: anatomía de una absoluta perdida

31 de mayo de 2026 · Alex Borrás
i28 - Iniciativa 2028 · https://iniciativa2028.es/la-vaca-la-cancion-y-el-no-quiero-lios-anatomia-de-una-absoluta-perdida/

Hay una forma muy española de perder ganando, y Juanma Moreno la ejecutó con maestría la noche del 17 de mayo. Salió al balcón figurado de San Telmo a hablar de notas escolares —que si el sobresaliente, que si la matrícula de honor que se le escapó por poco—, con esa retórica de claustro que los políticos sacan cuando el boletín no luce lo bastante para colgarlo en la nevera. «No hemos sacado matrícula de honor, pero sí sobresaliente», dijo. Lo que no dijo en voz tan alta es que se había quedado a dos escaños de la única asignatura que importaba, la absoluta, y que la había suspendido él solo, sin ayuda de nadie, después de un curso entero con la lección sabida.

Porque conviene decirlo sin trampa antes de afilar nada: Moreno ganó. El Partido Popular fue la fuerza más votada en las ocho provincias andaluzas, repitió como primer partido, sumó 153.407 votos más que en 2022 —pasó de 1.582.412 a 1.735.819 papeletas— y dejó al PSOE en un suelo que sus mayores recuerdan con escalofrío. Quien quiera leer un desastre en estos números, miente o no sabe contar. Pero ganar no era el examen. El examen era la mayoría absoluta, esa que permite gobernar sin pedir permiso, y esa se quedó a dos escaños: 53 de los 55 necesarios en una cámara de 109. Y la pregunta que este artículo quiere responder no es por qué ganó Moreno, que es obvia, sino una mucho más incómoda: cómo se las arregló para perder lo que todas las encuestas le habían regalado por adelantado.

El espejismo que duró un mes

Hay una crueldad específica en las encuestas, y es que casi nunca mienten del todo. Durante las semanas previas, los sondeos dibujaron a un Moreno rozando el techo con la yema de los dedos. El CENTRA, el instituto de la propia Junta, lo situaba entre 53 y 56 escaños. Sociométrica, entre 54 y 56. GAD3 se atrevía con un 56-58 que olía a fiesta. Y NC Report, ya el mismo día de la votación, le regalaba hasta sesenta diputados, una mayoría de las que se celebran descorchando algo. La absoluta estaba en 55. Es decir: durante un mes largo, el PP y sus medios afines vivieron en ese país amable donde la victoria suficiente no era una esperanza sino un trámite ya firmado. El relato estaba escrito antes de votar: tenemos la absoluta, solo hay que no dormirse.

El problema de creerse el horóscopo es que uno se viste para la fiesta que todavía no ha llegado. Y la campaña del PP fue, exactamente, la de quien ya se sabe ganador y solo teme tropezar al bajar la escalera. No una campaña de conquista, sino de conservación. No la del aspirante que señala la herida del adversario, sino la del propietario que cuida un jarrón heredado. Y los jarrones heredados, ya se sabe, no se rompen casi nunca: simplemente, un día, dejan de impresionar a nadie.

La vaca, Chewbacca y una canción de verano

Repasemos el arsenal con el que Andalucía afrontó unas elecciones que decidían el gobierno de una región que, si fuera un Estado europeo, rondaría el puesto número diecisiete del continente: tiene el tamaño y la población de Portugal. No es una autonomía menor; es, en peso demográfico, un país. Y la munición de campaña fue esta: un himno, «Kilómetro Sur», que sonaba a anuncio de cerveza; la repetición de la célebre foto con la vaca de 2018, convertida ya en talismán supersticioso porque aquella vez salió bien; el guiño a Chewbacca para captar la sonrisa fácil; y un eslogan, «Andalucía avanza», tan inofensivo que podría servir igual para vender seguros de decesos.

Nada de esto es ilegítimo. El problema no es que un candidato se haga una foto simpática con una vaca; es que la foto con la vaca era la campaña. Detrás del decorado costumbrista no había un líder explicando qué iba a defender, de quién iba a defenderlo y por qué. Y a un presidente que aspira a gobernar en solitario una región del tamaño de Portugal no se le pide que sea gracioso. Se le pide que parezca capaz de ponerse al timón cuando el mar se encrespe. Andalucía no vio a un capitán; vio a un relaciones públicas en plena temporada alta.

Todos los ases en la mano (y la partida que no se jugó)

Aquí está, a mi juicio, el verdadero núcleo del error, y conviene detenerse porque es el punto donde la comunicación política deja de ser estética y se vuelve estrategia. Moreno se presentaba con la baraja trucada a su favor. Enfrente tenía a un PSOE asfixiado desde Madrid y a la peor candidata imaginable para Andalucía: María Jesús Montero, que no era una rival cualquiera, sino la vicepresidenta y ministra de Hacienda del Gobierno central. Es decir, la cara andaluza del Ejecutivo al que se le acumulaban los frentes: la financiación singular pactada con los independentistas catalanes que deja a Andalucía en segunda fila, el torrente incesante de casos de corrupción en el entorno socialista, un Gobierno bloqueado sin presupuestos. Servido en bandeja.

Y por si fuera poco, dos catástrofes de infraestructuras que, aunque son competencia del Estado y no de la Junta —esto hay que decirlo con todas las letras para no faltar a la verdad—, golpeaban a Andalucía bajo gestión socialista. El accidente ferroviario de Adamuz, en enero, con 46 muertos en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, un tramo gestionado por ADIF y sobre cuyo mantenimiento la propia Fiscalía Europea abrió investigación por la posible malversación de fondos comunitarios. Y el aislamiento de Málaga, incomunicada por AVE desde febrero por el derrumbe de un talud en Álora, justo en la antesala de la Semana Santa y su temporada turística, mientras el ministro de Transportes encadenaba plazos incumplidos. Todo ello en un entramado ferroviario salpicado por los escándalos del entorno de Ábalos.

Un aspirante con instinto habría convertido esos debates televisados en un interrogatorio. Habría mirado a Montero a los ojos y le habría preguntado por los muertos de Adamuz y el mantenimiento que no se hizo, por una Málaga incomunicada que algunos técnicos juzgaban reparable en cuarenta y ocho horas si se hubieran puesto los recursos, por las prebendas a los socios y la corrupción que asoma cada mañana en un titular distinto. Tenía delante, con argumentos, al adversario más debilitado en cuatro décadas de socialismo andaluz. ¿Y qué hizo Moreno con esa mano de ases? Apenas tocó la corrupción. Apenas mencionó Adamuz. Pasó de puntillas por el AVE. Eligió la institucionalidad del presidente de todos, el perfil bajo, el no significarse. Tenía la escopeta cargada y prefirió no disparar para que el ruido no le despeinara la fotografía con la vaca.

«No os metáis en líos»: el eslogan de la rendición

Si hubo un mensaje que resumió la campaña, fue el de la primera semana: votadme a mí porque votar a Vox es un lío. La advertencia, repetida con la comparación de Extremadura, Aragón y Castilla y León —territorios donde los pactos con Vox habían traído, según el relato popular, inestabilidad—, tenía una lógica defensiva impecable y un coste estratégico demoledor. Porque pedir el voto en negativo, pedirlo para evitar algo, es la confesión implícita de que uno no tiene nada propio que ofrecer. Es el candidato que, en lugar de decir vótame por lo que voy a hacer, dice vótame por lo que el otro no debe hacer.

A un votante de centroderecha indignado con el Gobierno —con la corrupción, con el agravio de la financiación, con los muertos de un tren mal mantenido— Moreno no le ofrecía una causa. Le ofrecía tranquilidad. Y resulta que en mayo de 2026, con España sacudida cada semana por un escándalo nuevo, una parte del electorado no quería tranquilidad: quería que alguien diera la cara. Frente a la «prioridad nacional» de Vox —un eslogan discutible en el fondo, pero contundente, claro y emocional en la forma—, el PP no opuso una idea alternativa de Andalucía. Opuso un encogimiento de hombros bien peinado.

La aritmética no castiga: calcula

Conviene resistirse a la tentación del gran diagnóstico, porque la realidad fue más prosaica y más interesante. El PP ganó votos y perdió escaños: ciento cincuenta y tres mil papeletas nuevas y, aun así, cinco diputados menos. La explicación es aritmética y por tanto inapelable. Subió la participación —el censo creció un 2,58 %— y cuando vota más gente, cada escaño cuesta más caro. Y la ley d’Hondt, esa máquina sorda que reparte los restos sin mirar a la cara a nadie, esta vez repartió hacia otros: el PP cedió un escaño en cinco de las ocho provincias —Málaga, Sevilla, Cádiz, Córdoba y Huelva— con una erosión discreta y uniforme, sin derrumbe espectacular en ninguna. No hubo castigo masivo. Hubo, en los lugares precisos, unos pocos miles de votos que se quedaron en casa o que se fueron a la derecha de su derecha.

Y ese matiz —«unos pocos miles de votos, en los lugares precisos»— es exactamente donde una campaña se gana o se pierde. La absoluta no se evapora por un terremoto; se evapora por un puñado de electores desmovilizados que no encontraron una razón para madrugar, y por otro puñado que, buscando contundencia, la encontró un peldaño más a la derecha. Una campaña que electriza moviliza a los primeros y retiene a los segundos. La de la vaca y la canción no hizo ni lo uno ni lo otro.

El partido del que casi nadie quiere hablar

Buena parte de los análisis de estos días han seguido un guion curioso: ensalzar el triunfo de Moreno y, acto seguido, dedicar párrafos entusiastas a Adelante Andalucía y a su candidato, José Ignacio García, «El Gafas», el líder más desconocido del tablero —solo lo ubicaba el 18,2 % del censo— y, paradójicamente, el mejor valorado de todos. Su salto fue real: octuplicó representación hasta los 8 escaños. Pero conviene poner tres datos sobre la mesa, porque el relato dominante los ha pasado de largo con notable discreción.

Uno: Adelante Andalucía, la gran sorpresa de la izquierda, no logró representación en todas las provincias. Vox, el supuesto estancado, sí: sacó diputados en las ocho. Dos: del que menos se habla saca más que todos de los que se habla. Vox, con 15 escaños, supera a la suma de toda la izquierda situada a la izquierda del PSOE —Adelante (8) más Por Andalucía (5) suman 13—. Y tres, el que para mí es histórico: en Almería, Vox superó al PSOE y lo relegó a tercera fuerza. En la Andalucía que el socialismo gobernó casi cuarenta años —más de lo que duró el franquismo—, que un partido como Vox desbanque al PSOE en una provincia entera no es una anécdota de madrugada electoral. Es un corrimiento de placas tectónicas.

Que quede claro para no caer en el entusiasmo fácil: subir de 14 a 15 escaños no convierte a nadie en triunfador de la noche, y Vox no lo fue. Pero entre no ser el triunfador y ser ninguneado hay una distancia enorme, y el segundo escaño de esa distancia es precisamente el que le faltó a Moreno para gobernar solo. Ahí está la ironía mayor del 17M: el espacio que ocupó Vox es, en buena medida, el que el PP dejó vacío por prudencia. Quien no quiere líos acaba dependiendo, para gobernar, justo de aquello que quería evitar.

Los jóvenes, que no votaron a casi nadie de la derecha

Hay un dato final que conviene incorporar, porque desmonta un tópico nacional y golpea a los dos protagonistas a la vez. Según Target Point —una de las encuestadoras que más afinó con el resultado—, el PP ganó por goleada entre los mayores de 70 y fue el partido favorito de todas las franjas de edad… salvo una. Entre los menores de 29, ganó el PSOE, con el voto repartido hacia la izquierda. Y aquí lo interesante: a diferencia de otras autonomías, donde el relato sitúa a Vox como primera fuerza juvenil, en Andalucía el voto joven no fue ni para Vox ni para Moreno. El analista de Target Point lo atribuye a un «bajonazo» de Vox entre los jóvenes tras los pactos de Castilla y León, que lo habría hecho caer del 20 % al 17 %.

Léase despacio, porque tiene su miga: la derecha andaluza, en su conjunto, no conecta con quien tiene toda la vida electoral por delante. El PP lo fía a los mayores de 70 —los que un día sostuvieron las absolutas del PSOE y hoy le devuelven el favor al adversario—, y Vox no consigue rentabilizar entre los jóvenes el descontento que sí capitaliza en otros sitios. La campaña de la vaca y la canción de verano podía gustar a muchos públicos; al que construye el futuro, no le dijo nada. Y un proyecto que solo seduce a quien mira por el retrovisor tiene un problema que ninguna mayoría presente le va a resolver.

La factura que llegará

Quedará la fotografía de la noche: Moreno hablando de sobresalientes, Montero asumiendo con dignidad de derrotada veterana que el PSOE tocaba su suelo histórico, y Vox callado, sabiendo que el silencio del que tiene la llave vale más que cualquier discurso. «La prioridad nacional va a ser determinante», avisó Abascal. Traducido del idioma de la noche electoral: la factura se pasará a cobro, y en política las facturas siempre se cobran.

Y quedará, sobre todo, una lección de comunicación política que merece subrayarse, porque va más allá de Andalucía. Una gestión solvente durante cuatro años no se traduce automáticamente en votos: hay que pedirlos, y pedirlos bien, en las dos semanas que de verdad importan. Moreno gobernó con prudencia y campañeó con la misma prudencia, sin entender que una campaña no es una legislatura. La legislatura premia al que no rompe el jarrón; la campaña premia al que da la cara. Tenía enfrente al adversario más débil en cuarenta años, la corrupción ajena en titulares diarios, dos catástrofes servidas y todas las encuestas a favor. Y eligió la vaca, la canción y el «no quiero líos».

Acaso esa sea la moraleja menos consoladora del 17M, y vale para cualquiera que algún día se crea con la partida ganada de antemano: a veces no pierde la absoluta el que gobierna mal, sino el que la tenía tan fácil que se olvidó de pelearla. Moreno no perdió las elecciones. Perdió algo más sutil y más caro: la ocasión de no depender de nadie. Y la perdió él, con una vaca por testigo.

Ficha de datos

Elecciones al Parlamento de Andalucía — 17 de mayo de 2026. Cámara de 109 escaños. Mayoría absoluta: 55. Censo: 6.812.861 electores (+2,58 % respecto a 2022).

Partido Escaños 2022 Escaños 2026 Dif. % voto 2026
PP 58 53 −5 41,60 %
PSOE-A 30 28 −2 22,71 %
Vox 14 15 +1 13,82 %
Adelante Andalucía 8 9,62 %
Por Andalucía 5 6,31 %

Datos contrastados con la síntesis documental de la investigación y fuentes públicas. Las cifras oficiales de escaños y el reparto provincial deben cotejarse con la Junta Electoral de Andalucía y el Parlamento andaluz; los porcentajes de voto de 2022 no constan en las fuentes consultadas, por lo que no se calcula la variación porcentual.